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La mujer de las luces

En el número 8 del Diario philosophico, medico, chirurgico, de D. Juan Galisteo y Xiorro, médico de la Corte, correspondiente al año de 1757, puede leerse una nota relativa a un curioso fenómeno de un cuerpo humano.
El caso refiere que una de las criadas de D. Juan Galisteo dióse cuenta en diciembre de 1748 que de sus sayas salía una cantidad de chispas, "como las que salen de los carbones suspendidos, y que además de esto veía una banda de luz semejante a una grande llama que se extiende." Prosigue el relator que, movido por la curiosidad, fue a ver a la criada una noche, "y delante de mi se quitó la saya. Luego que esta llegó al suelo, vi una luz semejante a la de aquellos gusanillos que llamamos luceros, de tres a cuatro pulgadas de ancho, especialmente en las extremidades, que correspondían a su vientre y riñones. No vi salir chispas, acaso porque el cuarto no estaba oscuro; pero aunque yo no las vi, dixo ella que las percibía."
¿Y cómo explica el doctor Galisteo tal fenómeno? Pues que "no pudiendo evaporarse en el ayre las emanaciones de su sangre caliente, por embarazarlo el frío exterior, se habían acumulado en sus vestidos en mayor abundancia; y teniendo la facilidad de frecuentar juntos en la lana caliente, con especialidad siendo agitada, producían este admirable efecto."


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Políticos mejores y peores

P. ¿Queres decir que toda política es un juego sucio y que se la debería dejar en manos de los sinvergüenzas? ¿Te unes a la banda de los que dicen que el mundo sólo de salvará por un cambio del corazón? ¿Es eso?

R. No. Sólo digo que hoy los políticos dependen del apoyo de las masas, y que en consecuencia son representativos del hombre medio de su país y de su tiempo, a veces un poco mejores, a veces algo peores. Si fueran mucho mejores o mucho peores, no tendrían éxito, porque jamás serían aceptados por las masas (...) Esto significa que si estás muy por encima de la media en comprensión y sensibilidad, es probable que no seas capaz de hacer mucho políticamente, en el sentido estricto de la palabra, porque no tardarás en verte obligado a hacer cosas en las que realmente no crees, lo que significa que en la práctica fallarás, pues es imposible hacer bien algo si no se cree totalmente en lo que se está haciendo...

(W. H. Auden, El prolífico y el devorador. Traducción de Horacio Vázquez…

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De Anaïs Nin a Nicolás Guillén, con un interludio musical.

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