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Mostrando entradas de octubre, 2013

Amores y monumentos

Eduard Toda, disfrazado de momia en el Museo de Bulaq, 1885. (Fotografía del fondo Toda de la Biblioteca Museo Víctor Balaguer, Vilanova i la Geltrú)
En 1884 el diplomático Eduard Toda i Güell fue destinado vicecónsul español en El Cairo. Toda aprovechó su estancia en la capital egipcia para visitar los principales monumentos de los antiguos faraones y reunir una notable colección de objetos anticuarios.
En uno de sus cuadernos de notas describe los lugares visitados, alternando los comentarios relativos a los viajes con otros de carácter más íntimo. Curiosamente Toda escribe en catalán los primeros, pero reserva el inglés para los segundos. Así, por ejemplo, en la entrada del 23 de abril escribe*:
A las once de la mañana he hecho una visita oficial al Virrey de Egipto Mahomed Twefick. Es un joven de unos 35 a 40 años, cara ancha, bajo, barba clara y manos carnosas. Me ha recibido muy bien preguntándome por mis viajes. Todo vulgar: no es ciertamente el hombre que Egipto necesita en los …

Balas partisanas

Fría, sañudamente, Otto Verglunz disparó contra el que estaba más próximo alcanzándole en la nuca y derribándole de bruces.
   El Obergruppenführer apuntó contra el segundo en el preciso instante en que éste se volvía al ver caer a su camarada.
   Otto Verglunz volvió a apretar el gatillo y cayó el segundo de los partisanos.
   Ya se disponía a liquidar al tercero cuando éste, más rápido o mejor entrenado que sus camaradas, se volvió disparando al mismo tiempo.
   La cara del Obergruppenführer se crispó de rabia cuando sintió que las balas del griego le alcanzaban, atravesándole el corazón. Pese a ello, mientras caía, aún trató de apretar el gatillo por tercera vez, pero aún cuando llegó a conseguirlo, su bala se perdió en el cielo, como dirigida a las estrellas.
   Otto Verglunz llegó a ver cómo el griego pasaba junto a él y le apuntaba con el negro cañón de su arma.
   Después lo vio todo rojo, como si la sangre bañara su cerebro al estallarle la cabeza.

(Elliot Dooley, Matar o …

Murphy

Walter F. Murphy (1929-2010)
"El Papa Francesco ha muerto". De esta contundente manera empieza la novela The Vicar of Christ (1979), del escritor, jurista y politólogo norteamericano Walter F. Murphy. En esta ficción, Murphy recrea la figura del primer papa americano, cuyo nombre, curiosamente, coincide con el actual. El protagonista, Declan Walsh, criado en Roma y Dublín, y héroe condecorado de la guerra de Corea (como el propio autor), comienza una exitosa carrera judicial alcanzando la presidencia de la Corte  Suprema de los Estados Unidos. Una tragedia personal -la muerte en accidente de su esposa- introduce un giro radical en su vida: Walsh, ferviente católico, ingresa como monje en un monasterio trapense. En otro inusual viraje es elegido en cónclave nuevo papa. El papa Francisco de la novela emprenderá la renovación de la Iglesia en base a los principios del amor al prójimo y la justicia social. Su gran aliado en las reformas es el ¡arzobispo de Buenos Aires!, nombrado …

Sabiduría

Carson McCullers (1917-1967)
Aunque Elmore Leonard, en uno de sus consejos para escribir dijera: "Nunca comiences un libro con el tiempo", Carson McCullers incia uno de sus mejores relatos, "Un árbol. Una roca. Una nube",   hablando del tiempo: "Llovía aquella mañana y todavía estaba muy oscuro."
Hacia el final de este relato sigue lloviendo, pero la escena que sigue nos hace olvidar el tiempo:

    "Todavía llovía fuera en la calle: una lluvia sin fin, suave y gris. La sirena de la fábrica sonó para el turno de las seis, y los tres obreros pagaron y se fueron. En el café no quedaban más que Leo, el viejo y el chico de los periódicos.
    -El tiempo estaba así en Portland  -dijo- en la época en que empezó mi sabiduría. Medité y empecé con  precaución. Cogía cualquier cosa de la calle y me la llevaba a casa. Compré un panecillo dorado y me concentré en él y lo amé. Pasaba gradualmente de una cosa a otra. Día a día iba adquiriendo esa técnica. En el ca…

"La flauta mágica": conexiones geológicas (y III)

Ludwig Alois von Köchel (1800-1877) 
La flauta mágica fue la última ópera que compuso Mozart. Lleva el número de catálogo K.620. La K es por Köchel.  Ludwig Alois von Köchel, un licenciado en Derecho por la universidad de Viena, gran melómano, apasionado de la música de Mozart y miembro de la Mozarteum de Salzburgo, emprendió la ingente tarea de sistematizar todas las composiciones de Mozart mediante un "catálogo cronológico-temático", tarea que le llevó varios años y que finalmente editó en 1862. Pero Köchel. además de Mozart, tenía otros intereses. Gracias a su rentas, Köchel pudo dedicarse sin restricciones a su otra gran pasión: las ciencias naturales, en especial la botánica, la geología y la mineralogía. Con el fin de recolectar especímenes, recorrió el norte de África y la Península Ibérica, así como varios países europeos. En 1859 publicó un monografía sobre los minerales del área de Salzburgo. En memoria de Von Born y Giesecke fueron bautizadas dos nuevas especies miner…

Blusas explosivas

Burt arrojó el resto del cigarrillo al agua y se apresuró a bajar del barco, para ayudar a las chicas a llevar sus cosas.
     Las dos vestían pantalones y blusas muy livianas, y calzaban cómodas zapatillas de deporte.
     Sylvia Norton llevaba su blusa anudada bajo los senos, no demasiado abultados, pero firmes y armoniosos. De este modo, dejaba al descubierto la morena piel de su estómago.
     Y un ombliguito que era una preciosidad.
     Como toda ella, qué demonio.
     Tambien Arlene Garrison estaba terriblemente tentadora, porque los pantalones la ceñían como la vaina a la espada, señalando atrevidamente sus rebosantes caderas. Y la blusita, muy ajustada también, marcaba descaradamente sus pechos, altos, plenos, erguidos.
     Si a la rubia Arlene le daba por respirar hondo, los botones de la tensada blusa saltarían por los aires y pasaría algo gordo, porque saltaba a la vista que bajo la ligera tela no llevaba nada.

(Joseph Berna, La diana de la muerte. Ediciones B, Col…

Munro

Esta vez estoy completamente de acuerdo con la Academia Sueca, que acaba de conceder el Premio Nobel de Literatura a la escritora canadiense Alice Munro.
Pueden ustedes leer mi reseña de su último libro, Mi vida querida, en blogasturias24 o en el número 46 de El Cuaderno.

"La flauta mágica": conexiones geológicas (II)

Karl Ludwig Giesecke (1761-1833)
El libreto de La flauta mágica de Mozart se debe a Emanuel Schikaneder, que además fue el director de la compañía que montó su estreno en Viena. En dicho estreno tuvo un pequeño papel como figurante el actor Karl Ludwig Giesecke, quien también ejercía de escritor, traductor y arreglista. Giesecke permaneció asociado a la compañía de Schikaneder hasta el año 1794, en el que optó por dar un nuevo rumbo a su vida.  El verdadero nombre de Giesecke era Johann Georg Metzler, y había nacido en Augsburgo. Estudió en la universidad de Gotinga, donde tuvo como profesor al naturalista Blumenbach. Al igual que Mozart, Schikaneder y von Born, Giesecke era francmasón. Tras su etapa en la compañía teatral, se dedicó a viajar y a ampliar estudios. Acudió a la célebre Bergakademie de Freiberg, donde atendió a las clases de geognosia de Abraham Gottlob Werner. Más tarde se trasladó a Suecia y luego a Copenhague, donde se instaló como consejero minero. 
Entre 1806 y 1813 p…

Un poema de R. S. Thomas

R. S. Thomas (1913-2000)

LOS INVICTOS

Y el coraje dejará paso
a la desesperanza y la desesperanza
al sufrimiento y el sufrimiento
acabará con la muerte. Pero tú,
que no eres libre de elegir
tu dolor, puedes elegir
tu respuesta. Granjeros he
conocido, nacidos para sufrir
los males de su gente, desnudos y
barridos por la intemperie, ahogándose
con sus flemas; gastando todos sus recursos
para comprar a su hijo tísico
el oficio que su cuerpo
no podía sostener. Orgullosos han
vivido, viendo el espíritu,
con facetas de diamante, desmenuzarse
en la pequeña, dura, redonda y seca
piedra con la que la humanidad
se atragnata. Cuando ellos morían,
lo hacían con valentía, cerca de las
vigas martilleadas por la lluvia,
sin ninguna queja.

(R. S. Thomas, Later Poems, 1983. Traducción: J. O.)