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Mostrando entradas de junio, 2007

Consejo a jóvenes escritores

Periodista: ¿Cuál es el peor consejo a jóvenes escritores que usted haya oído?
Charles Willeford: Escribe acerca de lo que conoces. ¿Qué sería de nosotros sin Philip K. Dick?
P: ¿Y cuál el mejor?
C.W.: Escribe acerca de lo que conoces. Y si hay algo que no conoces, investiga un poco y descúbrelo.


(Charles Willeford, Writing & Other Bloodsports, 2000)

Literatura e higiene

Hubo una época que la falta de higiene en los escritores no solo no era mal vista sino que se tenía a gala. No todos, claro, eran de esta opinión. Cuando el atildado Oscar Wilde visitó a Verlaine en París quedó asombrado de que un hombre capaz de escribir tan exquisitos versos viviera en unas condiciones de tanta suciedad. Huyó despavorido. Quién sabe si de haberse quitado el francés un poco de roña de encima se hubiera establecido entre ellos una gran y fructífera amistad.
Lo cierto es que los escritores de la llamada bohemia no sentían especial predilección por las propiedades limpiadoras del líquido elemento. ¿Agua?, ni para beber. No cumplían ninguno de los requisitos que, según el higienista Pedro Felipe Monlau, son indispensables para una buena salud, a saber: sobriedad, ejercicio y limpieza. Lo cierto es que huyendo de los baños públicos artistas y escritores encontraron refugio en tabernas y cafés mal ventilados. Su mal olor solía precederles. Josep Maria de Sagarra menciona en…

Lectores imprescindibles

Todo escritor debería de vez en cuando someterse al juicio del público lector, en vivo y en directo. De esta manera el autor puede conocer de primera mano, sin intermediarios, lo que los lectores opinan sobre su libro y qué conclusiones o consecuencias han sacado del mismo.
Ayer estuve en el club de lectura de la Biblioteca Ciudad Naranco que, con perseverancia, diligencia y buen hacer, lleva su bibliotecaria Sofía. Se habló de mi novela Perdido edén y de la Filipinas colonial. Fue gratificante y muy ilustrativo. Uno se da cuenta que la obra que ha escrito puede gustar o no, en mayor o menor medida, a gente muy diversa, y que de ella se pueden hacer muy variadas "lecturas", todas pertinentes. Esta es la la magia de la literatura. Este es el poder del lector. Para bien y para mal. Y eso es bueno.

Nefelococigia

Un hombre -un escritor- se queda dormido y a continuación despierta en un prado al lado de un arroyo. Más allá de los pastos divisa un pequeño pueblo típicamente inglés. El hombre -que es el narrador de la historia- desconoce dónde se encuentra, pero se siente cómodo, relajado. Un anciano vestido a la antigua, con casaca y calzones, se le acerca y le dice que le acompañe. "¿Puede decirme dónde estoy y a dónde tengo que ir?", inquiere el hombre; el anciano le contesta: "Pronto sabrá lo necesario". Luego se dirijen al pueblo, y su guía le enseña el cottage donde habrá de residir. Una vez allí, el hombre descubre en una estantería ejemplares de todos sus libros, excepto uno. Toma este último. Es un libro de poemas de William Wordsworth, su poeta preferido. Al abrirlo se fija que en el retrato de la portada y se da cuenta de que el anciano que le trajo a la casa no es otro que Wordsworth. Entonces llega un visitante. Dice ser su tutor y se presenta: "Me llamo John…

Un poema de Frank O'Hara

EL DÍA EN QUE MURIÓ LADY

Son las 12:20 en Nueva York un viernes
tres días después del día de la Bastilla, sí
es 1959 y voy a que me limpien los zapatos
porque a las 7:15 me apearé del tren de las 4:19
en Easthampton y luego me iré directamente a cenar
y no conozco la gente que me dará de comer

camino por la calle bochornosa que empieza a asolearse
y me tomo una hamburguesa con un batido de malta y compro
un horrible New World Writing para ver lo que los poetas
de Ghana están haciendo hoy en día

sigo hasta el banco y la señorita
Stillwagon (una vez oí que su nombre de pila es Linda)
por primera vez en su vida ni siquiera se fija en mi saldo
y en el Golden Griffin consigo un pequeño Verlaine
para Patsy con dibujos de Bonnard aunque también
pienso en Hesíodo, trad. Richmond Lattimore o
la nueva obra de Brendan Behan o Le Balcon o Les Nègres
de Genet, pero no, me hago con el Verlaine
después de quedarme prácticamente dormido ante el dilema

y sólo por Mike curioseo en la tienda de licores de
Park Lane y pido u…

El hacedor de páginas

Ayer vi en Barcelona a mi amigo Antonio Rabinad. A sus ochenta años -camisa roja, gorra verde- el autor de espléndidos libros como Memento mori, o El hombre indigno, estaba, como cada domingo por la mañana, en su puesto de libros del Mercat de Sant Antoni. Al igual que en otras ocasiones, charlamos un rato de escritura. "Siempre estoy escribiendo algo -me dice-; publicar ya es otra cosa. Pero la cuestión es seguir escribiendo, escribir lo que a uno realmente le gusta y sabe hacer, con independencia de lo que el mercado demande en cada momento..." Estamos de acuerdo. Y añade: "En mi casa tengo una pila de textos mecanografiados que nunca me he preocupado de llevar a ningún editor. Me basta con haberlos escrito. Escribir me hace sentirme vivo." Rabinad, el hacedor de páginas.

Conradiana (III): La pista filipina

“Seguramente ustedes no lo saben –empezó diciendo Arístegui- pero la idea de El corazón de las tinieblas nació en Filipinas. Fue un fraile agustino, el P. Saturnino Campos quien me contó la historia hace muchos años. Entonces estaba yo destinado en Manila, y fray Saturnino, que había rebasado ya los ochenta, vivía retirado en el convento de San Agustín, en Intramuros. Me dijo que, en 1915, recién llegado a Filipinas, fue enviado a la isla de Mindoro. Allí conoció al P. Cirilo Costa, que le hizo partícipe de algunas confidencias. Una de ellas hacía referencia a un destino anterior que había tenido, San Felipe de Sipao. Allí le ocurrió al P. Cirilo algo que, según confesó, le había atormentado toda su vida.”
“Fue en 1886 –continuó Arístegui-.Un día apareció en San Felipe un chico, un indígena, al que el P. Cirilo no había visto nunca. Iba desnudo y tenía el cuerpo lleno de heridas y magulladuras. Parecía estar en un estado de shock. Al cabo de un rato, y una vez atendido, el P. Ci…

Pure noir (V)

Aland Ladd: Esto es un adiós. Y me cuesta decírtelo.
Veronica Lake: Y por qué. No me habías visto nunca antes de esta noche.
Alan Ladd: Todo hombre te ha visto alguna vez en alguna parte. Lo difícil es encontrarte.


(La dalia azul, de George Marshall, 1946. Guión de Raymond Chandler)

Deberes del escritor

Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir.


(Soñar la realidad, de Sergio Pitol).