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Mostrando entradas de octubre, 2015

Las entrañas de la fiesta

William Sansom (1912-1976)
El segundo toro había salido ya al ruedo y comenzaba el mismo ritual de siempre. Los peones le incitaban con sus largas capas atrayéndole hacia el picador, sentado y gordo, en su caballo... Y Louise tuvo de pronto la impresión de que aquellos peones tuvieran algo de mujeres que con sus rojos delantales llamaban la atención de una cabra; sus monteras negras eran como si se hubiesen recogido el pelo en un moño y al contemplar más detenidamente sus medias rosas y doradas, le produjeron la misma impresión que unos criados de librea en un libro de cuentos infantiles. Una monstruosa comparación... Cogió del brazo a Michael para explicárselo y se lo estaba contando y riendo cuando el toro en su embestida derribó caballo y jinete y hundió vigorosamente sus cuernos en los intestinos del animal. Surgieron las entrañas, de color de rosa suave y azul.

(William Sansom, Un macizo de rosas. Editorial Planeta, 1968. Traducción de Victor Scholz).

Trampas para yocós

Algunos monos, el topo campesino y el gato mamón tienen una bolsita en la boca, y en ella guardan sus alimentos. Los monos están dotados de mucha inteligencia, y de una extraordinaria facultad de imitación. Hay entre ellos una especie llamada de orangutanes, muy semejantes a los hombres negros del África. El orangután tiene aspecto triste, se sostiene en dos pies y anda como el hombre. Su natural es dulce y se le puede educar para servicios domésticos.
El yocó es otro mono muy semejante a un hombrecillo; camina en dos pies, y lleva siempre un palo en la mano. Cuando los viajeros del África encienden fuego en los bosques, donde habitan los yocós, estos, que son muy observadores, ocultos ven con interés cuanto hacen allí los hombres para imirtarlos después. Apenas los viajeros se marchan, los yocós van alrededor de aquel fuego, y hacen todo lo que han visto, de modo que a primera vista puede creerse que son una pandilla de negros.
     Ese genio de imitación hace que los hombres pu…

Café al gusto

Jeff Chandler: ¿Cómo le gusta el café?
Joan Crawford: A solas.
J. C.: Café fuerte.

(Joseph Pevney, Una mujer en la playa, 1955. Guion de Robert Hill)




Trabajar la palabra como si fuera una piedra

Gottfried Benn (1886-1956)

En el principio era la palabra y no el parloteo, y al final no será la propaganda sino de nuevo la palabra.

Escribir, no importa si en verso o en prosa, significa trabajar la palabra como si fuera una piedra, una piedra desnuda ¡sí, un oficio despiadado! El arte no es para "entender", el arte se divide conforme a su impronta y propaga sus semillas, y esta es su ley. Pero continúo a repetir siempre y donde sea: esto solo es válido con respecto al sitio, al momento y al fenotipo; es decir, solo por la frase que se está escribiendo. No más respuestas, no más teorías generales. El hombre existencial renuncia al factor respuesta, practica la autocepillada.

Si se escribiese solamente aquello que quince años después sería oportuno haber escrito, es probable que no se escribiese absolutamente nada.

Un escritor no existe más allá de sus libros. Solamente las frases tienen valor, y esta también es la exacta formulación que de ellas ha sido dada.

Tener las i…

Silbando entre dientes

-Sí... -dijo Ray, y bebió de un solo trago el whisky de su copa-. Cuando le meta una bala en la cabeza, ¡cuando le aplaste con el pie su maldito corazón podrido! ¡Cuando jamás pueda volver a silbar entre dientes esa canción napolitana, precursora de su acción homicida! -se inclinó sobre los dos inspectores, saltones los ojos, rodeados de un cerco sanguinolento y dijo, muy bajo, roncamente-: Le oí silbar "Santa Lucía" entre dientes, mientras el muchacho sollozando de horror, aullando como un condenado a tortura, retrocedía ante él, derribando sillas, esquivándole... Silbaba entre dientes cuando disparó sobre Roy, y seguía silbando cuando el chico cayó al suelo. Seguía gimiendo y disparó de nuevo él, silbando bajito, recreándose en lo que estaba haciendo. Y nosotros, inmovilizados por el horror, escuchábamos, pegados a la pared del pasillo, temiendo que saliese, silbando entre dientes, y nos matase uno por uno, como pájaros cautivos de su mirada, de su silbido de serpiente.

(…

La Odisea (y II)

Una de las cosas que más me han llamado la atención en esta relectura de La Odisea es lo mucho que lloran sus protagonistas. Lloran todos: Penélope, Telémaco, Odiseo, sus compañeros de viaje; todos vierten abundantes "lágrimas desde sus párpados". Llora Odiseo cuando está retenido por Calipso, cuando oye recitar sus proezas al aeda Demódoco, cuando viaja al Hades y ve llegar el alma de su madre Anticlea, que cansada de esperar en Ítaca su llegada se quitó la vida... En el relato homérico Odiseo es astuto, valiente, ingenioso, pero también llorón. Cualidad esta que en aquellos tiempos parece era de lo más natural.
Determinadas metáforas y adjetivos repetidos machaconamente a lo largo de la narración -la Aurora de rosados dedos, palabras aladas, naves cóncavas, el bronce puntiagudo, Atenea la de los ojos de lechuza...- producen un efecto percusivo, mántrico. El mar siempre va acompañado de calificativos: espacioso, estéril, profundo, rico en peces, ceniciento, neblinoso, viol…

La Odisea (I)

Creo que fue mientras cursaba el preuniversitario cuando me impuse el deber de leer La Odisea. Una vez cumplido el compromiso no volví a lerla. Hasta este verano.
Tenía el (falso) recuerdo de que se trataba de una historia lineal. Pero no. La estructura de la Odisea es más compleja de lo que pensaba, empieza in medias res y abundan los flashbacks. Para mí la parte más interesante es la última, cuando Odiseo regresa a Ítaca con sed de venganza. De aquí al final la tensión va en aumento y el lector espera ansioso el momento en que el héroe de la historia tenga que enfrentarse a los más de cien pretendientes que han estado aprovechándose de su ausencia, invadiendo su casa, esquilmando la hacienda y acosando a su esposa Penélope. Y no tiene compasión. Las escenas de la matanza son extremadamente violentas y sangrientas, de película gore. La muerte de Melanto, por ejemplo: le cortan las manos, los pies, la nariz y las orejas y luego le arrancan los genitales y se los entregan a los perros…

Cuchillada de asombro

Charles Morgan (1894-1958)
Los días que siguieron a la iniciación de la ofensiva alemana en el verano del año cuarenta y cuatro dieron a toda experiencia personal un cortante filo que no había tenido en Inglaterra desde que se divisó la Armada (...) Todas las cosas buenas resultaban más preciosas; aun las cosas que, en sí mismas, no eran ni buenas ni malas -un libro de cuentas sobre la mesa, un paquete de viejas cartas en un cajón- resultaban extraordinarias porque eran inanimadas, porque habían existido antes del conflicto y continuaban en sus lugares, todavía inconscientes de él. Había una cuchillada de asombro en cada despreocupado movimiento de un pájaro, en la impasible continuidad del arroyo, en el distante e inalterado proceso de la Naturaleza.

( Charles Morgan, La estancia vacía, Ediciones G.P., 1959. Traducción de Simón Santaines)