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Tormenta


George Rippey Stewart (1895-1980)

El reciente paso de la borrasca "Ana" por la Península Ibérica me ha traído a la memoria el nombre de George R. Stewart, un escritor estadounidense y profesor de la universidad de Berkeley en California, que en 1941 publicó la novela Storm. En dicha novela se cuenta, con buen pulso narrativo, la historia de una tormenta, desde su nacimiento como una pequeña perturbación al sureste del Japón hasta su terminación en forma de una potente tormenta destructiva que afecta a millones de personas en toda Norteamérica.
Un joven meteorólogo de San Francisco la detecta, la bautiza con el nombre de "María", y le sigue el rastro por el oceáno Pacífico a lo largo de doce días. Storm tuvo un gran éxito de público y sirvió para divulgar la meteorología y explicar cómo se forman las tormentas. También contribuyó a que el National Weather Service se decidiese a poner nombre a los huracanes importantes. Una alusión al ciclón de la novela la encontramos en la canción "Al viento le llaman María", de la película musical La leyenda de la ciudad sin nombre (1969).
La novela de Stewart viene encabezada por una cita del Manual de Meteorología, de Sir Napier Shaw, que dice: "Toda teoría del curso de los acontecimientos en la naturaleza está necesariamente basada en algún proceso de simplificación de los fenómenos y es además, en cierta medida, un cuento de hadas".

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Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).