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El Pozo de los Deseos

Ford Madox Ford (1873-1939)

Winchelsea se ubica sobre un largo acantilado, parecido en aspecto al de Gibraltar. Dos millas de marismas lo separan de Rye. Alguna vez hubo mar en donde ahora está la marisma; algún día volverá a haberlo. Cuando hubo mar, todas las naves de Inglaterra recalaban en aquel desembarcadero. Y los Cinco Puertos y los dos Pueblos Antiguos proveían a todas las naves del Rey de Inglaterra, a cambio de ciertos privilegios. Un barón de los Cinque Ports todavía puede pasar a través de las puertas de peaje sin pagar y vender en todos los mercados sin impuestos.
En la cara del acantilado en que Winchelsea vira hacia Rye hay un arroyo que forma una hondura: el pozo de San Leonardo o el Pozo de los Deseos. El dicho es que una vez has bebido de esas aguas oscuras no descansarás hasta beber de nuevo. He visto -de hecho, los incentivé a ello- a tres americanos, Henry James, Stephen Crane y W. H. Hudson, beber de allí con las manos ahuecadas. Lo mismo hizo Conrad. Todos están ahora muertos.

(Ford Madox Ford, Amistades literarias, Ediciones Universdidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2010).      

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Entradas populares

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).