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El falso nuncio


Fue un hombre en estos reinos del Andalucía, natural de Huelva, de baja suerte, hijo de un cardador, que se llamaba Buitrago, a quien llamaron Elmicio, persona por este nombre conocido asaz, de fisonomía y figura rústica, de una caraza ancha y abobada (...) Dio en contrahacer y falsear bulas del Papa, y las firmas públicas y rúbricas de sus datarios; hácese Nuncio apostólico, y sabido que allá no lo había, entra a serlo en Portugal; despacha sus correos y aposentadores, y a fama del título busca dineros prestados...
Así quedó allí el invencionero donde estuvo dos años; puso en orden y concierto lo eclesiástico; reformó las religiones; hiço hacer al Rey monasterios y grandes y buenas obras pías; puso en aquel reino el Santo Oficio de la Inquisición; nadie administró como él su legacía; nadie la impetró tan mal (...) y pienso yo que muchos personajes andan entre nosotros falsos que por la autoridad de sus oficios nadie les examina los títulos.
Al cabo él fue preso, y sus Oficiales, que también vivían engañados, dados por libres y el descubridor solo muy mal açotado, que murió de los açotes, y el falso nuncio echado a galeras perpetuas, donde yo le vi en la galera capitana del príncipe.

(Luis Zapata de Chaves, Miscelánea (selección). Editorial Voluntad, Madrid, 1926) 

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).