Ir al contenido principal

Charles Richter

Charles Richter, hacia 1925.
(Foto: Caltech Seismological Laboratory)

Su nombre aparece cada vez que se produce un terremoto. Ayer mismo volvió a salir en los medios de comunicación, asociado a los terremotos de Lorca (Murcia). El nombre: Richter (y no Ritcher como sale en algún medio de comunicación), el de la escala.
Charles Francis Richter fue uno de los sismólogos más destacados del siglo pasado y, sin lugar a dudas, el más conocido de todos ellos. Nacido en 1900 en Hamilton, Ohio, estudió física en la Universidad de Stanford en California, y desde 1927 hasta su jubilación trabajó en el Kresge Laboratory de la Carnegie Institution, en Pasadena, más tarde convertido en el Seismological Laboratory, dependiente del California Institute of Technology. Allí trabajo Richter junto a renombrados colegas como Beno Gutenberg y Hugo Benioff, y desarrolló su famosa escala para medir la magnitud de los temblores de tierra a partir de 1932.
Gracias a la biografía Richter's Scale. Measure of an Earthquake. Measure of a Man (2007), de Susan Elizabeth Hough, conocemos hoy bastantes cosas sobre su vida y su obra. Por ejemplo, sabemos que, a parte de su gran pasión que fue el estudio de los terremotos, Richter tuvo otras aficiones: el nudismo, la ciencia ficción y la poesía.
Entre los centenares de papeles privados que a su muerte en 1985 fueron donados al archivo del Caltech, hay un gran número de poemas, escritos a lo largo de su vida, fechados desde finales del los años veinte hasta poco antes de morir. Solo unos pocos de sus poemas llegaron a ver la luz en revistas literarias de escasa circulación y en la antología editada por Henry Harrison California Poets: An Anthology of 244 Contemporaries (New York, 1932). ¿Pensaría Richter que sus poemas no merecían ser publicados? Tal vez. Cuestión de escalas.

Comentarios

  1. Hombre, si te animas, nos gustaría leer tu versión de algún poema suyo.
    Un abrazo:
    JLP

    ResponderEliminar
  2. Tiene un aspecto indiscutiblemente moderno.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  3. En la próxima entrada pondré uno de sus poemas.
    Saludos a los dos.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares

Un poema de Raine

    DE MUJER A AMANTE Soy fuego encalmado en agua, una ola que se eleva del abismo. En mis venas la marea atraída por la luna se alza en un árbol de flores esparcidas en espuma de mar.  Soy aire atrapado en una red, el pájaro profético que canta en un cielo reflejado. Soy un sueño antes de la nada, soy una corona de estrellas, soy la forma de morir.   (Kathleen Raine,  Collected Poems 1935-1980 , Allen & Unwin, 1981. Traducción: J.O.)  (Nota: Este blog, como viene siendo habitual en verano, se toma un descanso de aproximadamente un mes. Que pasen un buen y saludable verano.)  

Un milagro de san Salvador de Horta

"Dos casados vizcaínos traxeron desde aquel reino a Horta una hija, que era sorda y muda de nacimiento; y poniéndola a los pies del venerable Fray Salvador, les dixo que estuviesen ocho días en la Iglesia orando a Nuestra Señora, y que después hablaría la muchacha. Pasados quatro días habló, pero en lengua catalana, conformándose con el idioma del territorio en que estaba. Entonces viendo hablar a la muda gritaron todos: Milagro , milagro . Pero sus padres como no entendían aquella lengua estaban descontentos, y levantando la voz decían que ellos no querían, ni pedían, que hablase su hija lengua catalana, sino vizcaína; y fueron a Fray Salvador, que le quitase la lengua catalana y le diese la vizcaína. Él les respondió: Vosotros proseguid la oración de los ocho días, que yo también continuaré la mía . Y cumplidos los ocho días, delante de los muchos que concurrieron a ver la novedad, dixo: Amigo, la Virgen Santísima quiere que la niña hable catalán mientras esté en el reino de Cat

Como un río de corriente oscura y crecida

  Era un panorama extraño. En Barcelona, la habitual multitud nocturna paseaba Rambla abajo entre controles de policía regularmente repartidos, y la habitual bomba que explotaba en algún edificio inacabado (a causa de la huelga de los obreros de la construcción) parecía arrojar desde las calles laterales perqueñas riadas de gente nerviosa a la Rambla. Los carteristas, apaches, sospechosos vendedores ambulantes y relucientes mujeres que normalmente pueden verse en las callejuelas se infiltraban entre las buenas familias burguesas, las brigadas de obreros de rostro endurecido, las tropillas de estudiantes y jóvenes que deambulaban por la ciudad. La multitud se desparramaba lentamente por la Rambla, como un río de corriente oscura y crecida. Apareció un ejército de detectives, de bolsillos abultados, apostados en cada café, vagueando por la Rambla y enganchando, de un modo vengativamente suspicaz, a algunos transeúntes elegidos por alguna singular razón, hasta el punto de que incluso esta