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Updike

Lo primero que leí de John Updike fue Corre, Conejo cuando salió en 1965, en la editorial Seix Barral. Todavía conservo el ejemplar, con el dibujo de Francesc Todó en la cubierta y las sobrecubiertas de plástico transparentes. Lo hice motivado por la crítica laudatoria en Destino (¿de Rafael Vázquez Zamora? ¿de Antonio Vilanova?).
Al margen de que su escritura estilizada gustara más o menos, Updike ha sido uno de los escritores norteamericanos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX; lo que, teniendo en cuenta que hubo de competir con colegas de la talla de Bellow, Roth, Cheever, Capote, Mailer y otros, no es ninguna tontería.
"Muere John Updike, azote de la clase media americana", dice el titular de El Comercio. No hay que exagerar; pero es cierto que su obra narrativa es una de las que mejor refleja los sueños y frustraciones del americano medio de los suburbios.

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Mayo del 68: Una visión

"Estoy convencido de que de no haber sido bueno el tiempo reinante durante el mes de mayo, la revolución no se hubiera podido hacer. Quizás se hubiera reducido a unas cuantas escaramuzas. La lluvia y el frío suelen atenuar los ánimos revolucionarios más que ninguna otra cosa. Sé que esto podrá resultar cínico, pero yo creo que es verdad. La policía de París también compartía mi opinión.  Tengo entendido que los oficiales de la Prefectura se reunían todos los días para estar al corriente de los boletines meteorológicos." Quien así habla es el periodista Jack Hartley, narrador y uno de los protagonistas de la novela El alegre mes de mayo (1971), del escritor estadounidense James Jones.
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Diálogo entre un tirano y un poeta en torno a la literatura

-Bueno, a ver, ¿qué haces?
-Perdona, Schiavón, estaba pensando en voz alta.
-No, si por mí, puedes seguir.
-Le daba vueltas a la retórica.
-¿...?
-Es que yo entiendo que la literatura -y creo que todo es literatura- se nutre de tres componentes que, por orden de importancia, son: la retórica, la sensibilidad y la inteligencia.
-Desmenuza, por favor.
-Entiendo por retórica el dominio del lenguaje; por sensibiliodad, la capacidad de sorprenderse y fabular; por inteligencia el saber ordenar lo escrito.
-Arnaldo..., me da la sensación de que todos los que habláis de literatura decís excactamente lo mismo.
-Siempre se dice lo mismo.
-Entonces, ¿por qué estamos perdiendo el tiempo?
-Tú no ganas ni pierdes el tiempo.
-Bueno, era una forma de expresarme.
-Exactamente..., como todo. La literatura es el catálogo de las formas de expresarse.
-Luego... ¿todas las obras dicen lo mismo?
-Se diferencian en el número de palabras que necesitan para decirlo y en el orden que se establece entre ellas.