El libro de un ciego
Tengo un libro de Georges Perec que antes de ser mío fue de alguien que se quedó ciego. No recordaba que lo tuviera y, al ir a guardarlo en la caja por la mudanza, he notado la rugosidad de la etiqueta transparente en braille que pegó en la portada -supongo que será el título- y me he imaginado a su dueño acariciando ese libro que ya no podía ver, que tal vez le leyeran su mujer o una hija algunas noches. Hay un cuento muy bueno de Zweig sobre la ceguera -"La colección invisible"-, pero este libro de Perec me ha hecho recordar un relato precioso de César González Ruano -La felicidad en el otro- en el que una pareja mayor se compra un piso en un pueblo costero para disfrutar allí sus últimos años de la vista maravillosa del mar que se ve desde la terraza que es lo que les ha enamorado del lugar. Tiempo después el marido se queda ciego pero cada tarde siguen saliendo a merendar a la terraza y la mujer le va describiendo con todo detalle las espectaculares vistas: la playa, los barcos navegando a lo lejos, el sol acostándose en el horizonte. Nunca le confiesa la verdad: que en el solar frente a su casa han construido un bloque más alto y ahora desde la terraza solo se ve un muro tachonado por las pequeñas ventanas de los cuartos de baño.
Cuando tengo en mis manos este Perec, cuando pienso en los miles de libros que he leído y ahora están cerrados descansando en las estanterías, recuerdo a aquella mujer y pienso en que los libros me han ayudado a ver el mar a través de los muros y de las ventanas estrechas de los cuartos de baño.
(Javier Castro Flórez, Mundo libresco. Newcastle Ediciones, 2025).

Lo que hoy es evidente, fue una vez imaginario
ResponderEliminarCreo que el poema que mejor describe, por su relativa sencillez, la capacidad que tiene un buen libro para elevarnos rompiendo cualquier tipo de muro, mental o físico que se interponga en nuestro librepensar o incluso para proyectarnos en el futuro, es "Ensueño" de Emily Dickinson. Sin embargo, cultivar la imaginación puede resultar una tarea titánica no sólo debido a limitaciones físicas, como la ceguera sino por los efectos de una época marcada por una vida totalitaria que tiende a atrofiarla, indefectiblemente. Una sociedad cada vez más enferma, que cercena las fuentes del arte, está y estará siempre condenada hasta que no tome conciencia de que razonando se da la vuelta al mundo en 80 días, pero imaginando se da la vuelta al día en 80 mundos.
ResponderEliminarLa imaginación hay que cultivarla, y no siempre es fácil.
ResponderEliminarYa no se ve el mar desde la casa. Pero el mar sigue ahí. Lo que cuenta la mujer no es tanto una mentira como una verdad 'per saltum'.
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