Buenos lectores y lectores mediocres


De las muchas ilusiones necesarias que permiten escribir a un escritor, dos son primordiales: una es la vanidad de creerse capaz de escribir un buen libro, y la otra la presunción de que un buen libro caerá en manos de buenos lectores, de personas con intuición para reconocer lo que tiene de bueno. Pero, naturalmente, los buenos lectores son tan raros como los buenos escritores, puede que incluso más, y la mayoría de los libros encuentra, por consiguiente, solo lectores mediocres. Los escritores despotrican y alegan que se los malinterpreta, y los mediocres medran gracias a que son malinterpretados; algunos incluso acaban, así, por accidente, en el panteón de la grandeza, y la arcilla de mala calidad con la que han modelado su obra se reviste, para la eternidad, de la afortunada pátina de las lecturas inteligentes.  

(Richard Flanagan, La pregunta 7. Libros del Asteroide, 2025). 

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