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La parejina


 

Parecían felices, y lo eran, a ratos, claro. La parejina, les decían por la calle. Y ellos sonreían sin razón alguna. Él mantenía una relación secreta con el marido de la mejor amiga de su madre, y ella hacía lo mismo con el marido de esta. Curiosa coincidencia, el destino, tal vez. Sin embargo, cuando iban cogidos de la mano por la calle la gente los saludaba con una enorme sonrisa, y con envidia, no sana de las otras, la  real. La parejina, les decían. Un piso en el centro, pequeño, con un sofá rojo gigante y una nevera nueva. Ella había decidido comprar una alfombra para el salón. Él dejaba las zapatillas siempre en el mismo sitio, junto a la cama, en el lado izquierdo, con unos calcetines dentro. Ella los recogía con cuidado y los doblaba, se los dejaba sobre la cama, junto al pijama. La parejina, decían algunos. Tres años y medio de convivencia, tres de noviazgo. Planeaban irse de vacaciones a Burdeos en primavera. Eso era todo, una bonita estampa, una ilusión óptica, fácil y cómoda. Nada más, solo eso, el amor sobraba. La parejina, les decían, y ellos sonreían, también, al escucharlo. Sonreían, sin más.   


(Ana Vega, Grillos en los árboles, uvebooks. Ilustraciones de Sandra Márquez, 2022).

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