Ir al contenido principal

El misterio de los basaltos de Velilla

El manual de Ciencias Naturales (Edelvives, 1960), correspondiente a quinto curso de Bachillerato que estudié en su día, es un grueso volumen de 512 páginas y lo forman 70 capítulos divididos en cuatro secciones (Geología, Biología general, Zoología y Botánica). El libro contiene profusión de dibujos y grabados en blanco y negro, así como unas pocas láminas en color. Entre ellas la que más me llamó la atención desde el principio fue una que llevaba por leyenda: "Columnas de basalto en el río Velilla (Perú)". 

 


 

Se trata de un sugerente paisaje en el que se observa un apacible río cuyo cauce transcurre flanqueado por formidables columnatas hexagonales, encima de las cuales se asienta una tupida vegetación tropical. En el texto se hace alusión a estos basaltos en el apartado de "Rocas volcánicas": "Son mundialmente célebres, por su belleza, los del río Velilla (Perú)"

Hace poco tuve ocasión de volver a hojear este libro y de admirar una vez más dicha lámina. Me sorprendió el hecho de que a lo largo de más cuarenta años dedicado al estudio de la Petrología no me hubiese encontrado con ninguna referencia bibliográfica ni fotográfica de los célebres basaltos del río Velilla. De modo que decidí averiguar sobre este asunto y entré en Internet con el fin de buscar información e imágenes relativas a tan espectacular fenómeno geológico. Mi decepción no se hizo esperar, pues lo único que encontré direectamente relacionado con el tema de la búsqueda fue, precisamente, la lámina de marras del manual de Edelvives. Hay, en efecto, varios pueblos llamados Velilla, pero no están en Perú sino en España; y en cuanto a los famosos basaltos, ni rastro. 

Proseguí la indagación introduciendo las palabras clave en Google Libros y entonces -¡oh maravilla!- apareció el ejemplar de donde sin duda se había sacado la información y la lámina. El libro era La Tierra y sus habitantes. Viaje pintoresco a las cinco partes del mundo por los más célebres viajeros, tomo I, Montaner y Simón, Barcelona, 1878. Se compone de relatos de viajes de varios autores, y en él se incluye el del explorador francés Paul Marcoy titulado "Viaje al valle de Huarancalqui y las regiones del Pajonal (bajo Perú)", extraído a su vez de su Voyage à travers l'Amérique du Sud, de l'océan Pacifique à l'océan Atlantique, publicado en dos tomos por Hachette en 1869, e ilustrado con 626 vistas, tipos y paisajes por Édouard Riou. 

 


 Paul Marcoy (1815-1887)

 

En un momento determinado del mencionado viaje incluído en La Tierra y sus habitantes, Marcoy describe, a la salida de la localidad de Velilla, los diques basálticos que se observan a ambas orillas del río con estas palabras: "enormes pilares apareados, con estrías y cimientos que el agua serena reproducía exactamente con todos los caprichos arquitectónicos y las verduras que cubrían la cima". El texto va acompañado de un grabado de Édouard Riou -asiduo ilustrador de las novelas de Julio Verne- que casi con seguridad fue el que había servido de base para la lámina coloreada del libro de Ciencias Naturales. Conocida la fuente original tanto de la procedencia de los basaltos peruanos como de la lámina, quedaban aún algunos interrogantes en el aire. 

 


 Grabado de E. Riou, en La Tierra y sus habitantes

 

Como tantos otros viajeros y exploradores del siglo XIX Paul Marcoy tendía al énfasis a la hora de escribir y a menudo se dejaba llevar por la imaginación a la hora de adornar sus descripciones, hasta el punto de transmitir al lector unos paisajes humanos y geográficos cuando menos dudosos. Con el fin de calibrar la fidelidad de la traducción española consulté el fragmento de los basaltos de Velilla en su versión original. Y aquí, creo, di con la clave. 

La versión castellana del relato de Marcoy incluído en La Tierra y sus habitantes puede considerarse fiel en líneas generales, salvo por un pequeño y crucial detalle. Al anónimo traductor le dio por cambiar el nombre de Velille (con e final), en el original francés, por Velilla, tal vez pensando que el autor lo había transcrito mal. Pero no. Tampoco se trata de una errata tipográfica puntual, pues se repite siempre que aparece el mismo nombre. El error, por tanto, debe atribuirse al traductor. El distrito de Velille existe, está situado en la provincia peruana de Chumbivilcas y tiene un río que lleva su nombre. Seguramente también hay formaciones basálticas en sus inmediaciones, como las descritas por Marcoy y dibujadas por Riou.

Ahora bien, que las columnas de basalto de Velille (nombre correcto) sean "mundialmente célebres por su belleza" es harina de otro costal. En ningún momento Marcoy se refiere a ellas con este u otros calificativos semejantes, lo cual es bastante extraño. Es indudable que aquí al autor del texto de Ciencias Naturales (al menos de su sección geológica) se le fue la mano y cayó en una evidente exageración; pues de ser eso cierto, hoy en día Internet estaría plagado de artículos y fotos turísticas del lugar. Pero no hay tal. ¿Misterio resuelto? No del todo.

Quedan por responder algunas preguntas, por ejemplo: ¿Quién fue el traductor al castellano del relato de Marcoy? ¿Quién fue el autor (o autores) del manual de Ciencias Naturales? ¿Quién pintó la lámina en color basada en el grabado de Riou? ¿Quién eligió Velille como ilustración gráfica de las columnas basálticas, y no otras localidades más conocidas, como la Calzada de los Gigantes, en Irlanda del Norte; o las más cercanas de Castellfollit de la Roca, en la zona volcánica de Olot (mencionada en el libro de texto) y descrita nada menos que por Charles Lyell en sus Elements of Geology? Y otra más, y no menos importante: ¿Hasta qué punto la fascinación por esta colorida y misteriosa lámina influyó en mi decisión de estudiar geología?                 

Comentarios

Entradas populares

Un milagro de san Salvador de Horta

"Dos casados vizcaínos traxeron desde aquel reino a Horta una hija, que era sorda y muda de nacimiento; y poniéndola a los pies del venerable Fray Salvador, les dixo que estuviesen ocho días en la Iglesia orando a Nuestra Señora, y que después hablaría la muchacha. Pasados quatro días habló, pero en lengua catalana, conformándose con el idioma del territorio en que estaba. Entonces viendo hablar a la muda gritaron todos: Milagro , milagro . Pero sus padres como no entendían aquella lengua estaban descontentos, y levantando la voz decían que ellos no querían, ni pedían, que hablase su hija lengua catalana, sino vizcaína; y fueron a Fray Salvador, que le quitase la lengua catalana y le diese la vizcaína. Él les respondió: Vosotros proseguid la oración de los ocho días, que yo también continuaré la mía . Y cumplidos los ocho días, delante de los muchos que concurrieron a ver la novedad, dixo: Amigo, la Virgen Santísima quiere que la niña hable catalán mientras esté en el reino de Cat

Código de señales

Inmersos como estamos estos días en un clima espeso y desagrable de enfrentamientos, confrontaciones y choques de trenes, sería deseable que las partes en conficto aceptaran unas mínimas normas de conducta a fin de evitar daños innecesarios al resto de ciudadanos. Podrían atenerse, por ejemplo, al antiguo Reglamento de señales de la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles, publicado en 1949 en 1948 y que constituye un modelo de claridad y precisión.  Según dicho reglamento, lo primero y principal (Capítulo Primero, "Generalidades") consiste en que: Todos los agentes, cualquiera que sea su categoría, deben obediencia absoluta e inmediata a las señales.    Lo segundo, también de obligado cumplimiento, es la "marcha a la vista": La "marcha a la vista" impone al Maquinista la obligación de ir observando la vía con la máxima atención y de regular la velocidad del manera que pueda detenerlo ante cualquier obstáculo o señal de alto . Entre las señales más imp

Casa de postas

  El día 1 de enero de 1868 los hermanos Goncourt escriben en su Diario :  ¡Vamos, un nuevo año... Todavía una casa de postas, según la expresión de Byron, donde los destinos cambian de caballos! Y a esta casa de postas hemos llegado físicamente agotados, anímicamente hartos, con las mascarillas puestas y el distanciamiento obligado. Sin podernos saludar o abrazar como es debido y con todas las dudas del mundo acerca de lo que nos deparará el futuro más inmediato. Por desgracia, no estamos todos. Faltan viajeros. Porque a lo largo del camino nos han dejado seres queridos, familiares, amigos, a los que siempre echaremos de menos. A ellos nuestro recuerdo emocionado.    Aún así, aquí estamos. A la espera de que lleguen los caballos de refresco. Dispuestos a emprender un nuevo trayecto e impacientes por abandonar este año infausto que ahora termina. Eso sí, aferrados con firmeza a una vaga esperanza y deseando, con más fuerza que nunca, que el nuevo año sea mucho mejor y más saludable.