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Previsión del tiempo



La previsión del tiempo ha sido una cuestión que ha preocupado desde siempre a los meteorólogos. Si hoy en día resulta aún problemática, a principios del siglo pasado tenía mucho de quimera. El presbítero Juan Miguel Orcolaga fue director del Observatorio Meteorológico de Igueldo, en San Sebastián, y en 1906 publicó en la Imprenta de la Provincia un opúsculo de 27 páginas titulado Consideraciones acerca de la meteorología dinámica, con algunas bases para la previsión del tiempo, en el que trató de poner un poco de razón y orden en tan aventurada faceta.
"La Meteorología -dice el P. Orcolaga- como ciencia naciente, trae en fuerte desasosiego los ánimos de los que a ella se dedican. Todos sienten el vacío, y todos, más o menos, prorrumpen en quejas contra el estado actual de esta ciencia." Sin embargo, señala el meteorólogo vasco, hay algunos hombres que trabajan en perfeccionar los sistemas universalmente admitidos e intentan, dentro del actual sistema meteorológico oficial, "introducir algunas mejoras en orden al valor, número y prontitud de los anuncios, sin pensar en aportar nada intrínsecamente nuevo al depósito de bases que sirven de fundamento para la previsión del tiempo".
Orcolaga es uno de estos hombres, y su contribución a dicho asunto se basa en una combinación de la presión atmosférica y las corrientes aéreas, que el denomina resultante barométrica, y que define como: "La presión que producen dos capas de aire que se mueven, obedeciendo cada una a distinto centro de depresión." En base a este principio hizo Orcolaga varias previsiones. Así, el 26 de febrero de 1903 advirtió a los puertos del Cantábrico hasta Gijón de que se acercaba una gran borrasca; y dos días después volvió a telegrafiar hasta Llanes de que se avecinaba otra fuerte perturbación. En ambos casos acertó. Si en otros falló, no lo cuenta.

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).