Ir al contenido principal

Un poema de Lasheras



LA HUÍDA

Me pasé la infancia con los ojos perdidos
en un horizonte de cobaltos y girasoles,
un tiempo mecido entre cal, alberos y azahares
y, cuando no, mirando las piernas de mi madre,
suaves y largas, cruzadas en ese y ofrecidas al sol
de una playa refulgente y solitaria, de otro mundo.
Leía no se qué libro recostada en la hamaca:
recuerdo el rojo de las tapas duras, sus manos
de actriz con las uñas de caramelo
-mi memoria aún huele la laca y la acetona-
y la media sonrisa fatal de aquella época
no sé si histérica y alcoholizada,
perturbadora en cualquier caso.

¡Era tan acogedor quedarme
allí atrapado, mirándola!

Llevaba unas gafas de sol de pasta negra
y un pañuelo de Hermès recogiendo su pelo.
Al fondo había un hotel. Solo uno. Solo ella
y un café futurista, envuelto en una urna
de cristal opaco: el aire acondicionado
me helaba el corazón. Alguien dijo:
"Afuera es un infierno". Mi madre
pidió una ginebra con mucho hielo:
años más tarde descubrí que mi abuela
la recomendaba para los dolores menstruales.

Yo pedí una coca-cola:
guardo una fotografía de ese momento.
Mira, aquí la tengo,
y ahora me pregunto,
en la inquieta distancia de los años,
quién sería el autor de aquel disparo.
Después encendió un cigarrillo: un More
de color negro y chocolate, fino y largo
como sus piernas, toboganes de miel caliente.
Recuerdo el humo azul saliendo de su boca:
la elegante melancolía de su mirada
sobre una tarde que hería la vida por dentro.

Me gustaba cuando nos llevaba al cine de verano:
mis hermanas mayores flirteaban al fondo
mientras ella fumaba uno y otro y luego,
cuando cruzaba las piernas, todo era fundido
a noche oculta. El humo se esfumaba
por los sueños de la pantalla y al fin
el sueño me desvelaba del ensueño.

Ahora, cuando atisbo el horizonte
donde habitan los ángeles del pasado
-ya nada en vano, ya todo cierto-,
el viento me invita a huir lejos
y sin nombre, donde nadie me encuentre,
con poco más para el camino
que aquella luz, aquel amor,

todo ese tiempo.

(Javier Lasheras, El cielo desnudo. Luna de Abajo, 2018).

Comentarios

Entradas populares

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…

Luciérnagas en la noche

Eric Chapman contempló la esfera de su reloj de pulsera.
Se incorporó paseando por el amplio despacho. Se aproximó al ventanal. Desde allí se apreciaba una panorámica de la ciudad de Los Ángeles. Era como un gigante devorado por luciérnagas. Los destelleantes luminosos de neón dominaban la oscuridad de la noche.

(Adam Surray, El caso del cadáver secuestrado. Editorial Bruguera, 1982).

Políticos mejores y peores

P. ¿Queres decir que toda política es un juego sucio y que se la debería dejar en manos de los sinvergüenzas? ¿Te unes a la banda de los que dicen que el mundo sólo de salvará por un cambio del corazón? ¿Es eso?

R. No. Sólo digo que hoy los políticos dependen del apoyo de las masas, y que en consecuencia son representativos del hombre medio de su país y de su tiempo, a veces un poco mejores, a veces algo peores. Si fueran mucho mejores o mucho peores, no tendrían éxito, porque jamás serían aceptados por las masas (...) Esto significa que si estás muy por encima de la media en comprensión y sensibilidad, es probable que no seas capaz de hacer mucho políticamente, en el sentido estricto de la palabra, porque no tardarás en verte obligado a hacer cosas en las que realmente no crees, lo que significa que en la práctica fallarás, pues es imposible hacer bien algo si no se cree totalmente en lo que se está haciendo...

(W. H. Auden, El prolífico y el devorador. Traducción de Horacio Vázquez…