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Viento en los tuétanos


El efecto inmediato de su desobediencia fue la introducción por primera vez en Adán de la sensación de hastío. En el mismo momento en que comió del fruto, toda su alegría desapareció y la melancolía coaguló su sangre, igual que la luz desaparece cuando soplamos una vela, dejando el pabilo enrojecido y humeante, echando mal olor. Y hubo otra consecuencia sorprendente: Adán había conocido anteriormente los cantos de los ángeles y su propia voz era melodiosa en un grado sublime. Después de su pecado, sin embargo, se le metió en los tuétanos un viento horrendo que sigue estando hoy en día en todos los varones. Ese viento en los tuétanos convirtió su maravillosa voz en el sonido propio de los escarnios y los berridos más escandalosos. Tras los grandes ataques de risa espasmódica, se le llenarían los ojos de lágrimas, del mismo modo que la espuma de semen es expulssada en el ardor del placer sexual.

(Hildegarda de Bingen, citada en: Stephen Greenblatt, Ascenso y caída de Adán y Eva. Traducción de Juan Rabasseda, Editorial Crítica, 2018).

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).