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Un poema de Propercio


ELEGÍA II, 25. (Renuncia de amor)

Era yo blanco de la risa en los banquetes después de servida
la mesa, y cualquiera podía ser chistoso a mi costa.
Cinco años he sido capaz de ser tu esclavo:
muchas veces lamentarás mi fidelidad mordiéndote las uñas.
No me conmueven tus lágrimas: prisonero he sido de tales
artimañas; siempre sueles, Cintia, llorar para tender trampas.
Lloraré yo al marcharme, pero el ultraje es mayor que el llanto:
que tu no dejas que marche el yugo que bien iba.
Adiós ya, umbrales que nuestras palabras hicieron llorar,
y adiós, puerta no abatida, pese a todo, con mano airada.
¡Pero que a ti te abrume la vejez con años
y que lleguen las siniestras arrugas a tu figura!
¡Que entonces ansíes arrancar de raíz los cabellos blancos,
ay, mientras el espejo te reprocha tus arrugas,
y, rechazada, tengas que sufrir en propia carne la soberbia
altivez, y, vieja, te lamentes de lo mismo que tú hiciste!
Estas maldiciones funestas te ha cantado mi poesía:
¡aprende a temer el fin de tu hermosura!

(Sexto Propercio, Elegías, Editorial Gredos, 2008. Traducción: Antonio Ramírez de Verger).
 

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