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Los cuadernos de Malte Laurids Brigge


No había vuelto a leer Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rainer Maria Rilke, hasta hace poco. De sus pormenores no recordaba casi nada, pero curiosamente el comienzo del libro me quedó grabado en la memoria: "¿De modo que aquí vienen las gentes a seguir viviendo?". No es una de aquellas frases que suelen mencionarse como memorables, de estas que se supone que atrapan al lector para seguir leyendo. Un mero interrogante más bien anodino, así comienza esta novela, originalmente publicada en 1910 y caracterizada por su tono intimista, lírico y expresionista, propio del gran poeta que era Rilke, y que aquí se nos muestra como un prosista sobresaliente. El lugar al que se refiere el autor al principio del libro es París, y quien nos habla en primera persona es el joven poeta Malte, personaje inspirado en el escritor noruego Sigbjörn Obstfelder, muerto prematuramente.
He vuelto a leerlo en el mismo libro en que lo hice por primera vez, la edición de bolsillo de la editorial argentina Losada, de 1958, con traducción de Francisco Ayala y prólogo de Guillermo de Torre.
En la novela apenas pasa nada; o, mejor dicho, pasan muchas cosas pero todas por la mente de Malte. Da rienda suelta a sus pensamientos sobre el arte, la escritura, el amor y la vida. Malte observa a su alrededor y filtra las sensaciones a través de su fina sensibilidad y capacidad de introspección. Ve el presente y recuerda su infancia, sus familiares, sus amigos. Estas páginas de recuperación del pasado tienen un deje nostálgico, de paraíso perdido con fantasmas. Su preocupación por la muerte, y en concreto por lo que llama una "muerte propia", es también manifiesta en esta obra. Y, cómo no, impregnándolo todo, sus reflexiones sobre la poesía. He aquí un pequeño fragmento:
"Para escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado (...)Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidar cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son áun esto..."

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).