Ir al contenido principal

Un banco, Ginzburg, una libreta y un espejo


Un banco en Villa Borghese, el cansancio de los paseos, la emoción del descubrimiento. Leyendo y leyendo y leyendo. Natalia Ginzburg sonriendo desde la portada sutil de Einaudi Tascabili. La sionrisa de nuchos dientes y labios finos, los ojos achinados como una esquimal, el pelo negro y corto, cierto aire monjil.
    Cuando tenía veinte años Natalia Ginzburg salía de paseo a la caza de personajes para sus relatos. Iba siempre con una pequeña libreta en el bolso. no quería que se le perdiese nada en el camino,
ningún detalle importante. Pero la mayoría de las frases sueltas que anotaba no le servían después para ningún relato, no conseguía insertarlas en historia alguna. La libreta terminaba convirtiéndose en un cementerio de frases perfectas, inútiles. Se dio cuenta de que en cada momento de escritura las frases sucumben, se solidifican, se inmortalizan en un gesto pétreo que es igual a la ausencia de vida. Allí donde se paran cavan su sepulcro.
     Fue en aquella época cuando vio pasar por delante de su casa un carro con un gran espejo de marco dorado. Se reflejaban en él las fachadas de los edificios, los carteles de las tiendas, alguna persona asomada al cielo de la tarde... Se quedó mirándolo mientras pasaba, con un  profundo sentimiento de paz, de alegría. Era como si por aquel espejo transcurriese la imagen  misma de la felicidad: de los primeros amores, de las cenas en familia, de la casa de Turín. Desde aquel día, cada vez que recordaba la imagen del espejo le entraban ganas de escribir.

(Ernesto Baltar, Ciudades en fragmento, Impronta, 2012)

Comentarios

Entradas populares

Antillón

  Con el placer de costumbre leo en Lecturas y pasiones (Xordica, 2021), la más reciente recopilación de artículos de José Luis Melero, una referencia al geógrafo e historiador Isidoro de Antillón y Marzo, nacido y muerto en la localidad turolense de Santa Eulalia del Campo (1778-1814). Antillón fue un ilustrado en toda regla, liberal en lo político, que difundió sus ideas, entre ellas el antiesclavismo, a través de diversas publicaciones. Sus obras más relevantes son las de carácter geográfico, entre las que destaca Elementos de la geografía astronómica, natural y política de España y Portugal (1808). En esta obra se muestra crítico con otros geógrafos españoles (caso de Tomás López) y con los extranjeros que escribían sobre España (a excepción del naturalista Guillermo Bowles). Gracias a Jovellanos Antillón llegó a ser elegido diputado por Aragón en las Cortes de Cádiz. A su amigo y protector le dedicó Noticias históricas de D. Gaspar Melchor de Jovellanos , impreso en Palma de Mall

Como un río de corriente oscura y crecida

  Era un panorama extraño. En Barcelona, la habitual multitud nocturna paseaba Rambla abajo entre controles de policía regularmente repartidos, y la habitual bomba que explotaba en algún edificio inacabado (a causa de la huelga de los obreros de la construcción) parecía arrojar desde las calles laterales perqueñas riadas de gente nerviosa a la Rambla. Los carteristas, apaches, sospechosos vendedores ambulantes y relucientes mujeres que normalmente pueden verse en las callejuelas se infiltraban entre las buenas familias burguesas, las brigadas de obreros de rostro endurecido, las tropillas de estudiantes y jóvenes que deambulaban por la ciudad. La multitud se desparramaba lentamente por la Rambla, como un río de corriente oscura y crecida. Apareció un ejército de detectives, de bolsillos abultados, apostados en cada café, vagueando por la Rambla y enganchando, de un modo vengativamente suspicaz, a algunos transeúntes elegidos por alguna singular razón, hasta el punto de que incluso esta

Premio Nadal 1944

El jurado del primer Premio "Eugenio Nadal" (Café Suizo, Barcelona, 6 de enero de 1945). De izquierda a derecha: Juan Ramón Masoliver, Josep Vergés, Rafael Vázquez Zamora, Joan Teixidor e Ignacio Agustí.  En un artículo titulado "Premios literarios, cartas marcadas", publicado recientemente en un diario digital su autor Daniel Rosell analiza el trasfondo de premios tan prestigiosos como el Nadal y el Planeta a lo largo de su ya larga historia. Refiriéndose al primero de ellos, Rosell escribe: "Siempre hay alguien que recuerda que el el primer premio Nadal lo ganó una desconocida Carmen Laforet, que se impuso a González Ruano, a quien se le había garantizado el premio." Y añade: "Es emotivo, incluso tiene elementos épicos la historia de una joven desconocida que se alza con un galardón literario al que aspiraban los nombres -todos masculinos- consagrados de las letras de entonces, pero ¿por qué no poner el acento en González Ruano? (...) En otra