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Un banco, Ginzburg, una libreta y un espejo


Un banco en Villa Borghese, el cansancio de los paseos, la emoción del descubrimiento. Leyendo y leyendo y leyendo. Natalia Ginzburg sonriendo desde la portada sutil de Einaudi Tascabili. La sionrisa de nuchos dientes y labios finos, los ojos achinados como una esquimal, el pelo negro y corto, cierto aire monjil.
    Cuando tenía veinte años Natalia Ginzburg salía de paseo a la caza de personajes para sus relatos. Iba siempre con una pequeña libreta en el bolso. no quería que se le perdiese nada en el camino,
ningún detalle importante. Pero la mayoría de las frases sueltas que anotaba no le servían después para ningún relato, no conseguía insertarlas en historia alguna. La libreta terminaba convirtiéndose en un cementerio de frases perfectas, inútiles. Se dio cuenta de que en cada momento de escritura las frases sucumben, se solidifican, se inmortalizan en un gesto pétreo que es igual a la ausencia de vida. Allí donde se paran cavan su sepulcro.
     Fue en aquella época cuando vio pasar por delante de su casa un carro con un gran espejo de marco dorado. Se reflejaban en él las fachadas de los edificios, los carteles de las tiendas, alguna persona asomada al cielo de la tarde... Se quedó mirándolo mientras pasaba, con un  profundo sentimiento de paz, de alegría. Era como si por aquel espejo transcurriese la imagen  misma de la felicidad: de los primeros amores, de las cenas en familia, de la casa de Turín. Desde aquel día, cada vez que recordaba la imagen del espejo le entraban ganas de escribir.

(Ernesto Baltar, Ciudades en fragmento, Impronta, 2012)

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