Ir al contenido principal

Trigueros

Entre los desastres naturales que habitualmente asolan el solar hispano, las crecidas de los ríos se cuentan entre los que más víctimas y daños materiales suelen producir. A finales de 1783 y comienzos de 1784 se produjeron grandes inundaciones en Sevilla a causa del desbordamiento del Guadalquivir, que sembraron de destrucción y cadáveres las márgenes del río. Impresionado por la catástrofe, el sacerdote Cándido María Trigueros (1736-1801), poeta, dramaturgo y miembro prominente de la Academia de Buenas Letras, escribió un largo poema épico, La riada, en el que canta "la terrible inundación que molestó a Sevilla", así como los esfuerzos de las autoridades para poner remedio a los desastrosos efectos. El poema, en cuatro cantos y con gran aparato mitológico, empieza con esta homérica invocación:

Canta, Musa, a las razas venideras
Los furores de Betis enojado,
De Sevilla las cuitas lastimeras
Y el tesón, la constancia, y gran denuedo
Del prudente varón, que la ha librado;
Cuéntalo tú, que de dolor no puedo.

La riada, de correcta factura pero mediana inspiración, fue ridiculizado por el gaditano Vargas Ponce, zumbón como de costumbre. También el irritable Juan Pablo Forner se mofó de él en un panfleto escrito con el pseudónimo de "Antonio Varas". Pero Trigueros no fue el único que se dejó arrastrar -y nunca mejor dicho- por la inundación sevillana. Armando Alberola cita en Desastre natural, vida cotidiana y religiosidad en la España moderna y contemporánea (2009), a un tal José de Thena, quien trataría el mencionado suceso en la elegía o canción fúnebre Llanto de Sevilla causado de la portentosa avenida.

Comentarios

Entradas populares

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…

Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…