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Pravia 2008

Este fin de semana hemos celebrado en Pravia, por quinto año consecutivo, las VIII Jornadas de Literatura, organizadas por la Asociación de Escritores de Asturias. Se han celebrado, como de costumbre, en la acogedora y premiada Biblioteca Pública Municipal "Antón de la Braña", a cuyo frente está la eficaz y emprendedora bibliotecaria Cristina Jerez Prado.
Este año las Jornadas han estado dedicadas a "Los placeres (de escuchar, viajar, comer, sentir, escribir, leer)". Además, gracias al generoso Ayuntamiento de Pravia, y a su alcalde Antonio de Luis Solar, hemos podido asistir a la inauguración de una Plaza de los Escritores, con monolito, placa y baldosas de cerámica con los nombres de los once socios fundadores de la AEA, entre ellas le de un servidor. Y habrá más, más adelante.
Han sido las Jornadas ocasión para reencontrarme con los colegas y amigos que vienen de fuera: Ignacio del Valle, José Luis Piquero, Eva Vaz, José Luis Espina... y volver a encontrarme con aquellos que, residiendo en Asturias, hacía tiempo que no veía. De intercambiar opiniones con todos ellos. Y también de conocer personalmente a gente tan interesante como Luis Antonio de Villena, Javier Reverte y Luis Alberto de Cuenca (éste último al cabo de varios años de haber mantenido contacto epistolar). Se ha echado de menos, cómo no, a compañeros que no han podido asistir esta vez, en especial a Asunción Herrera y Alfredo Hernández (ojalá se recupere pronto).
Ha habido conferencias, mesas redondas, sesiones poético-musicales, comidas, copas nocturnas... Y, sobre todo, contactos y conversaciones con compañeros, editores, amigos... Creo que, en general, han sido una de las mejores Jornadas que ha celebrado la AEA en los últimos años. Y aún se puede mejorar. A los responsables, con Rubén Rodríguez a la cabeza, mi enhorabuena. A todos, gracias. Ha sido, verdaderamente, un placer.

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Antillón

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Como un río de corriente oscura y crecida

  Era un panorama extraño. En Barcelona, la habitual multitud nocturna paseaba Rambla abajo entre controles de policía regularmente repartidos, y la habitual bomba que explotaba en algún edificio inacabado (a causa de la huelga de los obreros de la construcción) parecía arrojar desde las calles laterales perqueñas riadas de gente nerviosa a la Rambla. Los carteristas, apaches, sospechosos vendedores ambulantes y relucientes mujeres que normalmente pueden verse en las callejuelas se infiltraban entre las buenas familias burguesas, las brigadas de obreros de rostro endurecido, las tropillas de estudiantes y jóvenes que deambulaban por la ciudad. La multitud se desparramaba lentamente por la Rambla, como un río de corriente oscura y crecida. Apareció un ejército de detectives, de bolsillos abultados, apostados en cada café, vagueando por la Rambla y enganchando, de un modo vengativamente suspicaz, a algunos transeúntes elegidos por alguna singular razón, hasta el punto de que incluso esta

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