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Axel de Fersen

En la película Maria Antonieta, de Sofia Coppola, el conde sueco Hans Axel von Fersen aparece en varias escenas, en una de las cuales nos lo retrata como entregado amante de la joven reina. Sin embargo, el conde fue algo más que una mera aventura en la vida de María Antonieta, fue su mejor amigo y tal vez la persona que, una vez iniciada la revolución, más hizo por salvarla de una muerte segura. No lo consiguió y, a partir de entonces, la vida del conde adquirió unos tintes trágicos. Regresó a su país, intervino en varias conspiraciones y se le hizo culpable de la muerte del príncipe real Cristian Augusto. No era cierto, pero el destino ya estaba fijado.
En 1942, Nicolás González Ruiz publicó Axel de Fersen, un estudio biográfico en el que repasa la vida del noble sueco y su romántico amor por María Antonieta. Así describe el cruento final de Fersen:

El 20 de junio de 1810 (...) fueron transportados a Estocolmo los restos del Príncipe real. A las once de la mañana, el conde Fersen, gran mariscal de la Corte, noble militar de 55 años, que tenía blanca de sufrimientos toda la cabellera, salió en su carrera, al encuentro del entierro del príncipe. Al notar su presencia la multitud, prorrumpió en clamores hostiles. Pronto cayeron sobre el carruaje las primeras piedras y volaron los cristales en añicos. El cochero fue derribado, la carroza detenida, y el conde sacado a la fuerza del vehículo. Luchó con los puños contra una multitud densísima y herido a palos y a pedradas penetró en una casa próxima. Allí le siguieron y cuando volvió a aparecer en lucha contra sus cientos de agresores, sangraba por todo su cuerpo. Caen sobre él pedradas y bastonazos, golpes sin número y cae al suelo como un gigante fatigado. Del largo, abundoso y nevado cabello, es arrastrado por las calles hasta la plaza del Ayuntamiento, donde aún consigue ponerse en pie y refugiarse allí. Es sacado de nuevo, llevado al patio, y cuando otra vez cae, es para no levantarse más. Arrastran su cuerpo por las baldosas y lo rematan saltando encima unos y otros, desgarrándolo, machacándolo materialmente contra el pavimento. Por fin, su cadáver, destrozado y desnudo, imposible de reconocer, tranformado en un montón de piltrafas sanguinolentas, queda durante dos horas en el arroyo. A las dos horas le echaron una manta por encima. Hasta en el indecible sufimiento había unido su suerte a la mujer que amó.

El resto es leyenda.

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