Una impresión de Joyce
El pasado 17 de mayo se cumplieron 120 años del nacimiento de Frederic Prokosch. A modo de homenaje particular a este escritor estadounidense de vocación europea, protagonista de mi libro La mariposa en el mapa (Luna de Abajo, 2018), he estado releyendo pasajes de su libro "autobiográfico" Voces. Memorias (Planeta, 1984. Traducción de A.B.V.).
En su primera estancia en Europa para realizar estudios de posgrado en la universidad de Cambridge, Prokosch aprovechó un período vacacional para conocer París. En la capital francesa entró en contacto con expatriados norteamericanos e intelectuales franceses. En cierta ocasión, estando en la librería Shakespeare & Co. coincidió con James Joyce. La dueña, Sylvia Beach, les presentó.
Así describe a Joyce en Voces:
"Tenía el aire de un amargado médico de provincias. Llevaba un corbatín de lazo con lunares, una ceñida chaqueta, y un vendaje con aspecto de seta le cubría el ojo izquierdo. Su aspecto era afilado; el agudo mentón adelantado, la nariz muy delgada y puntiaguda, y sus dedos parecían nervios verdosos y mortecinos (...). Llevaba ropas muy propias de señorío elegante y, al mismo tiempo, un tanto ajadas, y en los dedos de su mano izquierda vi dos enormes anillos de oro. Sostenía entre sus huesudas rodillas un bastón de tallo de hoja de palmera, y acariciaba su empuñadura con movimientos desganados."
Ante la presencia del autor de Ulises, Prokosch duda qué decirle. Finalmente, opta por preguntarle acerca de la corriente de conciencia y el monólogo final de Molly Bloom.
Una mala opción. Contesta Joyce:
"-Molly Bloom era una señora con sentido realista. Jamás se hubiera entregado a refinamientos tales como la corriente de conciencia. Cuando oigo la palabra "corriente" pronunciada con tan sublevante pedantería, no pienso en la novela contemporánea sino que pienso en orina. (...) En realidad la corriente de conciencia no existe, antes bien es algo que se parece a una niebla. Y, además, es un término horrorosamente feo, y le ruego que jamás vuelva usted a hablar de una tontería como la corriente de conciencia."
¿Y cómo se quedó Prokosch después del chorreo que le endosó Joyce? El mismo nos lo explica:
"Me sentí traicionado y humillado. No vi el más leve rastro de oculto esplendor. Y, a pesar de ello, mientras miraba desconsoladamente a Joyce, reparé que en su único ojo brillaba una chispa de complicidad, como una vela que luce en una capilla desierta."
La pregunta que me hago es: ¿Realmente conoció Prokosch a Joyce en París? ¿Fue el encuentro tal como lo cuenta Prokosch? ¿O fue una falsa recreación? Me inclino por esto último sin quitarle mérito a su capacidad de fabulación.

Aunque coincido contigo en que muy probablemente sea una recreación ficcionada del posible encuentro, entiendo que lo narrado en el extracto tampoco debe distar mucho de lo ocurrido. Con un Joyce muy probablemente en la cúspide de su fama tras la publicación del Ulises, la idolatría de que hace gala Prokosch me recuerda a la de los insensatos que actualmente se identifican con los jugadores de su equipo favorito asumiendo para ellos un papel mítico, muy similar al de las vedettes de cine que parecen vivir (en éste caso escribir) por ellos. La verdadera libertad, pasa por la destrucción de todos los ídolos. Incluso aunque el ídolo en cuestión se llame James Joyce y haya escrito una novela monumental como el Ulises.
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