El paso del tiempo


Más tarde, ya enfundada en su vestido de lana marrón, con su collar de perlas y sus zapatos de tacón bajo, se dirigió hacia el comedor y saludó con una leve inclinación de cabeza a una o dos personas que pasaron junto a ella mientras caminaba hacia su mesa en el rincón. La camarera más veterana esperó de pie, con aire sombrío, mientras la señora Palfrey vacilaba entre las ciruelas y la avena el arenque ahumado y las salchichas. 

Mientras esperaba las ciruelas, la señora Palfrey reflexionó acerca del día que tenía por delante. La mañana pasaría agradablemente, pero la tarde y la noche se harían interminables. "No hay que desear que la vida pase lo más rápido posible", se dijo a si misma, pero sabía que, a medida que envejecía, miraba con mayor frecuencia el reloj y siempre era más temprano de lo que creía. En su juventud era siempre más tarde. 

(Elizabeth Taylor, Prohibido morir aquí. Traducción de Ernesto Montequin. Libros del Asteroide, 2025). 

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