Un forastero llega a la ciudad

 


El hombre que se apeó de la diligencia era todavía joven. Seguro que aún no había cumplido los cuarenta años. Era fuerte y ágil y se adivinaba en él el tipo que cabalgaba, que lacea reses y que de vez en cuando aún tumbaba a cualquiera de un puñetazo.
Pero había en él algo siniestro, algo que hacía entrecerrar los ojos a los que le miraban y les obligaba a plantearse una pregunta: "¿Quién era este tipo?"
Vestía de negro, pero con cierta solemnidad. Y llevaba un maletín también negro.
El caso fue que se apeó de la diligencia, miró la ciudad, humeó su aire y dijo con aspecto de entendido: "¡Qué mierda!

(Silver Kane, Los verdugos también mueren. Editorial Astri, 1991).

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