La aduana editorial
La historia de la literatura es como un enorme y dinámico big data. Sería eso, un enorme almacén de obras literarias y recursos literarios, y, por tanto, cuanta más memoria literaria tenga el editor, mejor será sin duda su lectura crítica. Los editores no son ni tienen por qué ser especialistas en teoría literaria. Lo que sí necesitan saber es qué se entiende por literatura en cada momento, conocer qué tendencias literarias actúan en el campo literario en el que se mueven y en cuáles de esas tendencias, gustos o preferencias se mueve su público. Porque, siendo la literatura una convención, algo que cobra existencias en cuanto se crea en ello, cada época construye su propio horizonte literario, elabora su propia interpretación de la literatura con sus respectivos valores de uso y de cambio. Un saber que se resume en una sola frase: cada literatura construye a sus lectores de modo semejante al que la lectura de un texto nos lee, nos atraviesa y nos da existencia e identidad. La lectura es un medio de producción y una institución lingüística cerrada aunque flexible, en la que cada uno puede reconocerse como escritor, lector o editor, pero en la que, como venimos insistiendo, el paso de escritor a autor requiere traspasar la aduana editorial.
(Constantino Bértolo, El arte de rechazar manuscritos. ¡Miénteme! Dime que me publicas. Debate, 2026).

''La primera obligació d'un escriptor és de fer-se llegir'' / ''La primera obligación de un escritor es hacerse leer''. Joan Fuster: Judicis finals / Juicios finales
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