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Moscas y papanatas


 

Situémonos. España, década de 1940. En Radio Nacional, el escritor Darío Fernández-Flórez tiene a su cargo una sección semanal de crítica de libros en la que repasa las principales novedades del mercado. En 1948 publicará una selección de las críticas lanzadas a las ondas con el título de Crítica al viento. Fechada en 1946 es la que lleva por título "James Joyce otra vez", cuyo objeto es, de entrada, su opinión sobre Desterrados (Exiles), comedia en tres actos de Joyce publicada por la editorial argentina Sur en 1938, en traducción del exiliado Alberto Jiménez Fraud, aunque Fernández-Flórez no lo menciona.

Sin embargo, el propósito principal de D. F-F., como él mismo asegura, "no es glosar a James Joyce ni descubrir a un autor trabajado por la crítica literaria. Deseamos tan solo enfrentar la importantísima y funesta actitud joyceana con la posición literaria de estos años nuestros, que ya no podemos asistir a este extravagante espectáculo con una boca tan abierta que permita la entrada a toda clase de moscas, mientras babea un leve hilillo admirativo de papanatas, sugestionando por temas y situaciones bastante menos revolucionarias y originales de lo que a algunos críticos parecen."

Y sigue: "Si los lores, como nos cuenta Antonio Marichalar, vendían sus tierras para comprar el Ulises, la mejor, o la peor, obra de Joyce, o si las duquesas descendían de sus Rolls frente a la pequeña librería de la rue de l'Odéon, buscando ocultos y esquivos ejemplares, fruto de un estraperlo librero algo prematuro, nosotros no vamos a sorprendernos, pues sobre el libro concurría la triple propaganda de la crítica, de la moda y de la censura gubernativa, trinidad difícil de lograr para un escritor...".

Para D. F-F., Proust y Joyce son "los dos criminales asesinos de la novela moderna (...) Porque estos dos escritores, auxiliados por la complicidad contemporánea de un epígono femenino, de Virginia Woolf, logran apuñalar por la espalda el robusto cuerpo de la novela y reducirlo a un hermético laberinto, limitado por la memoria narrativa del autor o por una serie de retículas preestablecidas por una especie de matemática intelectual literaria que se vierte bajo la forma del círculo vicioso del monólogo interior."

No sé qué pensaría un oyente que en aquel momento estuviese escuchando Radio Nacional de España. Imagino que más de uno quedaría estupefacto ante la descomunal diatriba contra un autor que era prácticamente desconocido en nuestro país, si bien cuatro años antes se había publicado Gente de Dublín (Dubliners), traducido por Isabel Abelló de Lamarca, libro que curiosamente ignora en su atrabiliaria locución. Por cierto, la editorial que publicó el libro de relatos de Joyce fue la barcelonesa Editorial Tartessos, dirigida por el falangista Félix Ros. D. F-F. también lo era y, además, ocupaba la Jefatura de la Seción de Ediciones del Servicio Nacional de Propaganda; o sea, que era el jefe de los censores. Se mantuvo en el cargo hasta 1951, cuando fue cesado a raíz del escándalo generado por la publicación de su exitosa Lola, espejo oscuro (1950), novela en la que narra las vivencias de una prostituta madrileña. Se diría que entonces D. F-F. pudo comprobar la eficacia de lo que él había llamado, a propósito de la fama del Ulises, la "triple propaganda": crítica, moda y censura gubernativa. 

Addenda. En los siguientes años D. F-F. exprimió el filón de Lola, dentro del "robusto" cuerpo de la novela, aunque sin volver a alcanzar la "trinidad difícil de lograr para un escritor". Tuvo encontronazos con la censura, pero la aceptó sin más. En cuanto a Félix Ros, su editorial fue de mal en peor y acabó vendiéndola a un negociante avispado llamado José Manuel Lara Hernández. Así empezó a fraguarse el imperio del Grupo Planeta.    

Comentarios

  1. Parece que Lolas y Lolitas son proclives a triunfar como personajes literarios.

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