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El hielo implacable de sus ojos

 


Los griegos llamaban metanoia a esos cambios radicales que te llevan a los opuestos, el caso más célebre, ya lo sabes, es el de Saulo de Tarso camino de Damasco y su transformación en el insufrible Pablo. La metanoia más virulenta que conozco, como del rayo pero sin el rayo visible, es la de Berta conmigo. De un día para otro pasó de la reverencia al desprecio, del cariño incondicional al desapego, de la complacencia al cuestionamiento tácito de todas mis palabras y todos mis actos. Y no es que discutiera todas mis opiniones, mis argumentos la habrían acorralado en una disputa conceptual, ya te lo puedes suponer, es que le bastaba una pregunta seca para dejarme sin capacidad de reacción, qué ejemplo te pondría. Mira, había tenido yo que dar un rodeo para llegar a casa por culpa de las manifestaciones de los jovenzuelos con ganas de protagonismo y le comenté, como había hecho docenas de veces, la inutilidad de sus reclamaciones y la endeblez teórica de sus propuestas políticas y de paso le recomendé ni se te ocurra acercarte, y Berta me miró con una especie de superioridad desdeñosa, o ésa fue mi interpretación del hielo implacable de sus ojos, y me preguntó: por qué.

(José María Conget, Juegos de niñas, Editorial Pre-Textos, 2021).

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