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Museo Leveriano

 


El Leverian Museum de Londres fue un conocido gabinete de historia natural, con colecciones etnográficas y curiosidades reunidas por Sir Ashton Lever. Incialmente se llamó Holophusikon y estaba abierto al público en la plaza de Leicester; pero una vez vendido en subasta en 1786 el museo pasó a tener su sede en la Rotonda de Blackfriars, junto al río Támesis. Es aquí donde Leandro Fernández de Moratín, hallándose en Londres en 1792, lo visitó previo pago de 12 rs. por la entrada.

En sus Apuntaciones sueltas de Inglaterra (publicado por primera vez en Obras póstumas, Madrid, Rivadeneyra, 1867), Moratín cita algunos objetos curiosos exhibidos en el Museo Leveriano, tales como: cuernos de Amón petrificados, dos grandes trozos de columnas de basalto "traídos de Irlanda de la cueva llamada de los Gigantes", un elefante "algo mayor que el de Madrid", adornos e instrumentos "que recogió el célebre y desgraciado capitán Cook", y un ejemplar de dragón "de unas cinco pulgadas de largo; su figura y tamaño, la misma que la de las lagartijas comunes que corren por las paredes, con la diferencia de tener dos pequeñas alitas membranosas, con las que puede volar de una a otra parte." Lo que lleva al autor a la siguiente reflexión:

¡Cuándo llegará el día en que poetas y artífices hagan confesión general de lo que han mentido acerca del fénix, del pelícano, los centauros, las sirenas, los sátiros, los hipogrifos, el basilisco, el delfín, el dragón y otras alimañas, desfiguradas por ellos o inventadas ad libitum, con poco temor de Dios y notorio perjuicio de la historia natural!  

También menciona Moratín, entre los ejemplares de minerales, "una piedra flexible, llamada cuero de montaña, de media vara de largo, cortada en forma de tabla y que se blandea, cogiéndola por los dos extremos, como si realmente lo fuese." El nombre de "cuero de montaña" lo toma Moratín directamente del inglés "mountain leather". Se trata de una variedad fibrosa de amianto o asbesto; llamado también "cartón de montaña" y piedra queimona, de la que en el siglo XVIII hablaron dos sabios benedictinos: Martín Sarmiento e Íñigo de Buenaga.       

 

 

      

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