Servicios especiales


 

Hemos tenido un día duro. Nos tocó un cliente duro de pelar a quien las castañas de Bérurier no impresionaban. Para tratar de arrancarle una palabra, una sola palabra, aunque solo fuera para poder clasificarle como barítono o bajo noble, tuvimos que valernos de las múltiples posibilidades de nuestra inspiración. Fíjense, sucesivamemte le aplicamos: el sacacorchos a pedales, el soplete bailarín, la trituradora musical, la liga ladrona, el cepillasesos, el rollo Raymond, el supositorio diabólico y, por fin, el abretesésamo, sin resultado. Todos estos "servicios" (con nosotros, el cliente siempre tiene el servicio comprendido) no sirvieron para nada: la cara del tipo seguía proclamando "cierre anual" hasta Santa Chirona, cuya fiesta no caía aquel día. Iba a sacar mi arma secreta, la que reservamos para los casos desesperados; es decir, leerle en voz alta todos los artículos que el señor François Mauriac escribió desde su salida del jardín de infancia hasta su salida del Figaro, cuando el detenido, burlando nuestra vigilancia, consiguió garabatear con letra de párvulo sobre una hoja de papel de fumar la siguiente advertencia: "Perdonen mi silencio, soy mudo de nacimiento". Precioso dístico que, sin prejuicio de su armonioso ritmo, explicaba muchas cosas. 

(Comisario San-Antonio,  Este muerto es cosa mía. Bruguera, 1973. Trad. Alain Verjat) 

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