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El rey dentón

 

El futuro Luis XIV en brazos de su nodriza Elisabeth Ancel, por Charles Beaubrun. 

 

Cuando nació el niño que habría de ser Luis XIV, tenía ya dos dientes, lo que pareció un feliz presagio que alegró a toda la corte; pero no a la nodriza. Al cabo de tres meses, esta señora, que se llamaba Elisabeth Ancel, se retiró con el pecho desgarrado por los incisivos del rorro. Fue reemplazada por Pierrette Dufour, la cual acabó también por quejarse de los mordiscos del leoncillo. Le sucedió Marie de Sègnevillle-Thierrry... Y así se citan otras cuatro nodrizas más, que fueron quizá mecedoras o "acunadoras".

Pero no basta con tener dientes: es preciso que sean buenos, y los de Luis XIV le hicieron sufrir casi durante toda su vida. El difunto doctor Cabanès, que ha tratado retrospectivamente una sinusitis maxilar del gran rey, ha proporcionado a la Historia, sobre esta noble mandíbula, unos informes curiosísimos, aunque poco apetitosos. Baste saber que a los cuarenta años el rey no tenía en la boca más que unos cuantos raigones. Había sido preciso arrancarle todas las muelas del lado izquierdo de la mandíbula superior, pero la operación se realizó con tanta torpeza, que, cuando bebía o gargarizaba, el agua le pasaba de la boca a la nariz, "de donde manaba como una fuente".

 

(G. Lenotre, Historias íntimas de Versalles. Editorial Plus Ultra, 1945. Traducción de Antonio Vilá y Lorenzo Conde).

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