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El rey dentón

 

El futuro Luis XIV en brazos de su nodriza Elisabeth Ancel, por Charles Beaubrun. 

 

Cuando nació el niño que habría de ser Luis XIV, tenía ya dos dientes, lo que pareció un feliz presagio que alegró a toda la corte; pero no a la nodriza. Al cabo de tres meses, esta señora, que se llamaba Elisabeth Ancel, se retiró con el pecho desgarrado por los incisivos del rorro. Fue reemplazada por Pierrette Dufour, la cual acabó también por quejarse de los mordiscos del leoncillo. Le sucedió Marie de Sègnevillle-Thierrry... Y así se citan otras cuatro nodrizas más, que fueron quizá mecedoras o "acunadoras".

Pero no basta con tener dientes: es preciso que sean buenos, y los de Luis XIV le hicieron sufrir casi durante toda su vida. El difunto doctor Cabanès, que ha tratado retrospectivamente una sinusitis maxilar del gran rey, ha proporcionado a la Historia, sobre esta noble mandíbula, unos informes curiosísimos, aunque poco apetitosos. Baste saber que a los cuarenta años el rey no tenía en la boca más que unos cuantos raigones. Había sido preciso arrancarle todas las muelas del lado izquierdo de la mandíbula superior, pero la operación se realizó con tanta torpeza, que, cuando bebía o gargarizaba, el agua le pasaba de la boca a la nariz, "de donde manaba como una fuente".

 

(G. Lenotre, Historias íntimas de Versalles. Editorial Plus Ultra, 1945. Traducción de Antonio Vilá y Lorenzo Conde).

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Un poema de Raine

    DE MUJER A AMANTE Soy fuego encalmado en agua, una ola que se eleva del abismo. En mis venas la marea atraída por la luna se alza en un árbol de flores esparcidas en espuma de mar.  Soy aire atrapado en una red, el pájaro profético que canta en un cielo reflejado. Soy un sueño antes de la nada, soy una corona de estrellas, soy la forma de morir.   (Kathleen Raine,  Collected Poems 1935-1980 , Allen & Unwin, 1981. Traducción: J.O.)  (Nota: Este blog, como viene siendo habitual en verano, se toma un descanso de aproximadamente un mes. Que pasen un buen y saludable verano.)  

Álvarez Flórez

Hace unos días me enteré, por el artículo publicado en El Periódico ("Muerte de un traductor", de Silvia Cruz Lapeña) de la muerte, a finales del pasado mes de abril, de José Manuel Álvarez Flórez. Había nacido en Cangas del Narcea (Asturias) en 1939, aunque pronto se trasladó a Barcelona donde desarrolló durante décadas una ingente labor como traductor del inglés. A mediados de los años setenta se dio a conocer como narrador con Autoejecución y suelta de animales internos (Júcar, 1975) y  Girar de anarcos (Muchnik, 1981), dos novelas en la línea experimental en boga en aquela época. Más tarde publicaría El delirio de Conan y otros relatos (Muchnik, 1990).    Como traductor trabajó para varias editoriales, entre las que se cuentan, a parte de Muchnik, Acantilado y Anagrama. Tradujo a un gran número de autores: Faulkner, Scott Fitzgerald, Steinbeck, Capote, Doris Lessing, E. M. Foster, Vonnegut, Bukowsky, John Kennedy Toole, Le Carré, Oliver Sacks, Tom Wolfe, etc. La Bibli