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Ingloriosa muerte de un torero

Juan Antonio Gaya Nuño (1913-1976)


    Los aficionados estábamos muy ufanos cuando apareció, a pocos metros de la plaza, en plena calle del Ferial, un torero soriano. Mi amigo Vicente Ruiz (alias) El Chinche. Tenía ganas de llegar, y sus amigos le jaleábamos, le animábamos y dábamos calor y esperanzas. Toreó dos o tres novilladas en Soria y en alguna fuera de la ciudad. El director de la Banda Municipal compuso, en su honor, un pasodoble. ¡Torero teníamos! Quizá empezó un poco viejo, y puede ser que no le favoreciera demasaiado alternar el capote con el volante de la camioneta paterna y vinatera. Por si acaso, iba a entrenarse a la plaza, y componía cada vez mejor su figura. Tuvo apoderado en Madrid y ya iba a cambiar su apodo de Chinche, que sonaba a chiquillería golfa, por el de Figura, bastante más serio.
    Y salió a torear en Soria el viernes de toros de San Juan, del año 1935. Un toro de Valonsadero le encuñó, y le dejó tumbado a pocos pasos de mi barrera. Le vi cuando le recogieron los mozos, desencajado, y con la vista vuelta. Le llevaron a la enfermería, y resultó que no había herida, sino un varetazo en la boca del estómago. "Volverá a torear esta tarde", nos aseguró su hermano Demetrio. Pero no toreó, y pareció agravarse. Al día siguiente, el Sábado Agés, los amigos llenábamos su casa, donde el pobre Vicente, sin herida, se estaba muriendo. Y se murió aquella noche, a la hora de la verbena en la Alameda.
    Le dimos tierra, como a muy pocos sorianos, en la máxima festividad pagana de la ciudad, en el Domingo de Calderas. A los amigos nos quedó una penosísima sensación de tristeza y responsabilidad, la de haberle encorajinado a ser torero, distrayéndole de la camioneta, para que muriera ingloriosamente en la plaza caliginosa de su pueblo, sin siquiera el prestigio de un cornalón sangriento y espantoso, que es el que autoriza los romancillos y da paso libre a la eternidad, "a la gloria en angarillas", como decía Rafael Alberti. Oíamos condolerse a su padre, el señor Manuel Ruiz:
    -Muy enfermo estaba con ser torero...
   Y me dio tanta pena, que, de duelo, no concurrí a la novillada de aquel domingo. Todavía éramos sensibles y no había comenzado la gran matanza de españoles.

(Juan Antonio Gaya Nuño, El santero de san Saturio, Espasa-Calpe, 1965).  

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