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Sorpresiva irrupción del autor


Herman Melville (1819-1891)

Al principio del capítulo 85 de Moby Dick, titulado "La fuente", el narrador se asombra de que durante seis mil años, y quién sabe cuantos millones de siglos, las grandes ballenas hayan estado lanzando sus chorros por todos los mares y rociando de bruma los "jardines de las profundidades", y de que desde hace unos siglos miles de cazadores se hayan acercado a la fuente de la ballena, y que todo esto haya sido así hasta este mismo bendito minuto. Y entonces Melville, que esta redactando en aquel momento la frase, nos especifica exactamente cuándo tiene lugar el "bendito minuto" y escribe entre paréntesis: "(la una y quince minutos y cuarto de la tarde de este día dieciséis de diciembre del año 1850)". Más tarde, cuando se publique la novela se cambiará el año por el de 1851. Pero esto no es lo importante.
Lo realmente importante, y lo que hace de esta frase algo absolutamente insólito y genial, es la manera con la que el autor irrumpe audazmente, sin previo aviso, en medio del relato que se supone nos está contando Ismael. Es como si Melville por un instante abandonase los convencionalismos y buenos modales y apartara de un manotazo al narrador en la ficción para ponerse en su lugar y decir algo así como: "Eh, tú, lector, recuerda que esto lo escribo yo, Herman Melville, el autor." Y de la misma forma repentina y un tanto descortés con la que ha asomado dentro de la frase hace mutis por el foro antes de acabarla: "...y que todavía siga siendo un problema el de si estos chorros son, después de todo, verdaderamente agua o nada más que vapor, es seguramente notable."
De los 135 capítulos de que consta Moby Dick el 85 no es de los más conocidos o celebrados; incluso en algunas ediciones abreviadas (más frecuentes de lo que parece) suele descartarse. En realidad es una más de las muchas divagaciones que jalonan la obra. Pero esta intrusión que roza lo estrafalario seguramente tiene, por lo que atañe al desenvolvimiento de la narrativa moderna, más trascendencia que otros aspectos literarios habitualmente más realzados.
Herman Melville, de quien este año se cumple el bicentenario de su nacimiento, es considerado en la actualidad un grande de la literatura. Un gigante, como la monstruosa ballena blanca que obstinadamente persigue el capitán Ahab. Hace cien años, sin embargo, sus libros eran inencontrables, su nombre se había desvanecido y su reputación flotaba a la deriva como un derrelicto en un océano de oscuridad. Entre las muchas razones por las que hoy en día Melville ocupa la posición cimera que se le negó en el pasado están estos sorprendentes y rompedores detalles. Enormes detalles que, en una lectura apresurada de la novela suelen pasar desapercibidos, pero que dan la medida real de su grandeza y modernidad.

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OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

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     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

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Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

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FINAL

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un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

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