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Volutas de humo


En los días que precedieron a la tragedia de Pearl Harbour, si una persona cualquiera se hubiese colocado en la ventana de alguna de las oficinas de un edificio de la Calle Cuarenta y Cinco, en su esquina con Broadway, hubiera podido observar un letrero interesante y muy llamativo. Un fumador luminoso, de rostro satisfecho hacía brotar de un cigarrillo círculos concéntricos de humo azulado, también luminosos, que alcanzaban a tener un diámetro de más de dos metros. No sé quién es el ideador de esa propaganda, pero lo cierto es que ha rendido mucho a la firma que la puso en práctica. Estaba colocado en el costado de un edificio de gran altura, y de día y noche, se paraban numerosos grupos a contemplar el incesante subir de los circulillos de humo. Cientos de miles de personas miraban cotidianamente el anuncio, y es muy probable que de todos ellos muchos habrán cambiado la marca que acostumbraban a fumar por aquella de la que era aviso el letrero luminoso que nos ocupa.

(Albert Halper, Sendas cruzadas. Editorial Octrosa, Buenos Aires, 1945. Traducción de Adolfo Enrique Jascalevich).

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Políticos mejores y peores

P. ¿Queres decir que toda política es un juego sucio y que se la debería dejar en manos de los sinvergüenzas? ¿Te unes a la banda de los que dicen que el mundo sólo de salvará por un cambio del corazón? ¿Es eso?

R. No. Sólo digo que hoy los políticos dependen del apoyo de las masas, y que en consecuencia son representativos del hombre medio de su país y de su tiempo, a veces un poco mejores, a veces algo peores. Si fueran mucho mejores o mucho peores, no tendrían éxito, porque jamás serían aceptados por las masas (...) Esto significa que si estás muy por encima de la media en comprensión y sensibilidad, es probable que no seas capaz de hacer mucho políticamente, en el sentido estricto de la palabra, porque no tardarás en verte obligado a hacer cosas en las que realmente no crees, lo que significa que en la práctica fallarás, pues es imposible hacer bien algo si no se cree totalmente en lo que se está haciendo...

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De Anaïs Nin a Nicolás Guillén, con un interludio musical.

En los diarios tempranos de Anaïs Nin, escritos en los años veinte, el apellido Madriguera aparece en varias ocasiones. Paquita y Enric Madriguera eran dos hermanos catalanes, músicos precoces y amigos del compositor hispanocubano Joaquín Nin Castellanos, padre de Anaïs y de Joaquín Nin-Culmell, compositor como su padre. Ambos se alojaron en varias ocasiones en casa de Anaïs. Paquita fue una reconocida pianista, que más tarde se casaría con el guitarrista Andrés Segovia. Enric era violinista y tras empezar una prometedora carrera como intérprete clásico, al llegar Estados Unidos se pasó a la música moderna con gran éxito. Al frente de su banda se hizo famoso como compositor de canciones y bailables de ritmos latinoamericanos, compitiendo en este ámbito con su compatriota Xavier Cugat. El figuerense había empezado su carrera profesional en La Habana, donde se había criado y formado también como violinista.
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