Ir al contenido principal

Encuentro entre un gigante y un enano


Poco después de llegar a Londres, recaló en la ciudad un magnífico gigante. Medía ocho pies y tres o cuatro pulgadas, medida de Inglaterra (2,5 m). Estaba bien proporcionado, su fisonomia era agradable y, cosa poco habitual en los hombres de esta especie, su fuerza se correspondía con su tamaño. Por aquel entonces no contaba más que veintidós años. Algunas personas parecieron desear vernos juntos; mis protectores, el duque y la duquesa de Devonshire, acompañados de Lady Spencer, fueron un día a verlo y tivieron la amabilidad de llevarme con ellos. Nuestra sorpresa fue, según creo, idéntica: el gigante permaneció callado un instante, mirándome con asombro, después, inclinándose hasta la mitad de su altura para ofrecerme su mano, en la que habrían cabido fácilmente una docena de las mías, me hizo un sincero cumplido. Si un pintor hubiera presenciado ese encuentro, el contraste entre nuestras dos figuras habría podido inspirarle la creación de un interesante cuadro puesto que al acercarme a él, para poder apreciar la diferencia, observamos que su rodilla estaba aproximadamente a la altura de mi coronilla.

(Memorias del célebre enano Joseph Boruwlaski, gentilhombre polaco, escritas po él mismo. Lengua de Trapo, 2010. Traducción de Verónica Fernández Camarero).  

Comentarios

Entradas populares

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).