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Fría mañana

Maeve Brennan (1917-1993)

Son las cinco de la mañana, hace doce grados bajo cero y acabo de volver al hotel tras una visita a Bickford's, donde me he tomado un café. El ascensorista ha tenido que abrirme para que saliera. Las puertas exteriores del hotel están cerradas por razones de seguridad y en el pequeño vestíbulo, entre las puertas interiores y las exteriores, subía tal ráfaga de aire caliente que me alegró salir al helado exterior. No hace viento. La mañana es silenciosa y oscura, con el toque de ansiedad que surge en la espera. Ya es hora de que empiece el día. De momento, mientras me apresuraba por la esquina para llegar al iluminado Bickford's lo más deprisa posible, he visto que la avenida -la Sexta- estaba desierta de tráfico y peatones. Era un alto y angular oasis de quietud, muy duro y remoto en su perfil, pero no antipático. Ni siquiera podía oir mis pasos. Llevo una botas mukluk forradas de piel que compré en Lord & Taylor, y ando sin hacer ruido. No he mirado al cielo en busca de la luna o las estrellas, pero he echado una rápida ojeada a la Sexta Avenida y he visto que en el uptown seguía brillando un bosquecillo blanco de árboles de Navidad, que parecía alto incluso contra los elevados acantilados de cristal que podrían eclipsarlos.

(Maeve Brennan, Crónicas de Nueva York. Traducción de Isabel Núñez, Ediciones Alfabia, 2011) 

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Escribir o no escribir

Por lo tanto, escribir que se querría escribir, ya es escribir. Escribir que no se puede escribir, también es escribir. Una manera como cualquier otra de llevar a cabo el vuelco que da pie a tantos propósitos audaces: hacer de lo periférico el centro, de lo accesorio lo esencial y de la arenilla la piedra angular. Sabía por lo tanto lo que tenía que hacer: dar una especie de golpe de mano mediante el cual había que conseguir otorgar una existencia ficticia a unos libros que no existen realmente y, gracias a ello, conferir una existencia real al libro que trata de esos libros ficticios. Un proceder en suma que se asemeja al que conduce al cogito cartesiano: en el momento preciso de dar fe de mi ineptitud para la escritura me descubría a mí mismo escritor, y de la ausencia de mis obras fallidas se nutriría éste. Hermoso ejemplo de esa estrategia del quien-pierde-gana, de esa proeza dialéctica que convierte una acumulación de fracasos en un camino hacia el éxito. ¡No será que no nos han…

Número diabólico (y no es el 666)

He aquí el número diabólico: 142.857. Consiste en lo siguiente: multiplicado por 2 y por 3 las mismas cifras se producen en los dos productos. Veamos:

                                                            x 2 = 285.714
                                                            x 3 = 428.571

Multiplicado por 4, 5, 6 se obtendrán siempre las mismas cifras y siempre en el mismo orden. Sólo cambia la cifra de partida. Existe una excepción multiplicado por 7. Veamos:

                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

Este número diabólico multiplicado por 8, nos da siete cifras en lugar de seis. Total: 1.142.856, es decir que, sumando la primera y la última cifra de este producto, obtendremos aún las seis cifras del número diabólico. Continuando las multiplicaciones por 9, 10, 11, 12 y 13 y sumando la primera y la última cifra del producto, viene de nuevo a nuestros ojos el número diabólico. Llegado a 14 (dos veces siete) se obtiene: 1.999.998, es de…