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Meter los dedos en la sartén


D. H. Lawrence se oponía a los escritores que, como comenta en su Estudio de Thomas Hardy, "meten los dedos en la sartén". Con eso quería decir que una obra de ficción es un equilibrio de fuerzas con una vida propia misteriosamente autónoma, y que un autor no debía perturbar esa delicada consonancia intentando meter a la fuerza lo que se ha propuesto como objetivo. En su opinión, Tolstói había hecho justamente eso de un modo imperdonable al matar a su espléndida creación: Anna Karenina. Ese autor, al que Lawrence describe como un "Judas", se asustó ante la magnífica vida que había cobrado su heroína y demostró ser un cobarde al deshacerse de ella lanzándola bajo las ruedas de un tren. Los escritores que permitían que sus protagonistas se fueran a pique, a ojos de Lawrence, simplemente "traicionaban a la vida".

(Terry Eagleton, Cómo leer literatura. Ediciones Península, 2016). ,

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