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Estrépito y furor




La primera edición en español de The  Sound and The Fury (1929), editada en Argentina en 1947, se tituló literalmente El sonido y la furia. En España se publicó en 1960 por la editorial Aguilar, dentro del tomo II de las Obras Escogidas de Faulkner, y se prefirió el título de El ruido y la furia. Sea cual sea la versión del shakespiriano título, esta novela era la favorita de su autor, una de sus innegables obras maestras y desde luego una de las más importantes del siglo XX. Narra la descomposición de una de las familias más antiguas del condado de Yoknapatawpha, los Compson; pero es también un choque de sangres, una metáfora de la decadencia de los blancos frente al empuje de los negros y su resignada impasibilidad ante las adversidades de la vida.
De las cuatro secciones en que se divide la novela, las dos primeras  -el confuso relato de Benjamin, el hermano pequeño retrasado mental y el neurótico monólogo del suicida Quentin- exhiben la prosa más experimemtal y oscura de Faulkner. Tal vez por eso cada vez que uno lee El sonido y la furia halla nuevos y sorprendentes matices. A modo de ejemplo, un par de detalles, entre otros muchos, me han llamado la atención en una lectura reciente. Uno es que, antes de suicidarse, Quentin coge su cepillo y se lava los dientes. Otro es la grimosa descripción de una autocastración: "Versh me habló de un hombre que se castró a sí mismo. Fue al bosque y se los cortó con una navaja de afeitar, sentado dentro de una zanja. Era una navaja mellada y los tiró para atrás por encima del hombro de un solo movimiento y el chorro de sangre salió a borbotones hacia atrás en línea recta."
En  "1699-1945. Apéndice: Los Compson", que Faulkner redactara a requerimiento de Malcolm Cowley para su Portable Faulkner y que aclara la genealogía de este linaje y el destino de sus supervivientes, se dedican varias páginas a los miembros blancos de la familia y solo media docena de líneas a hablar de los negros sirvientes de la misma. Pero, al final, añade: "Ellos perduraron".        


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OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

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     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

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Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

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