Ir al contenido principal

Fitzgerald sobre Novalis


La novela La flor azul (1996) de la escritora inglesa Penelope Fitzgerald (hay traducción castellana de Fernando Borrajo para Impedimenta, 2014) tiene por protagonista a Friedrich von Hardenberg (1772-1801), más conocido en el mundo de las letras como Novalis. La novela de Fitzgerald se centra en un joven Fritz Hardenberg románticamente enamorado de la virginal Sophie. Fritz acaba de realizar estudios en la Academia de Minas de Freiberg, en Sajonia, con el afamado profesor Werner, y se apresta para desempeñar un cargo de inspector de minas de sal.
Algunos pasajes, no muchos, de la novela contienen referencias geológicas: Sabemos, por ejemplo, que Hardenberg estudia los Fundamentos de la minería y de las refinerías de sal, de Franz Ludwig von Cancrin o Cancrinus, mineralogista e ingeniero metalúrgico de Hesse, de la que la autora nos proporciona el índice completo de los dos volúmenes de que consta la obra.  En otra ocasión se dice que Fritz se ve a sí mismo como "un geognosta, un científico de la naturaleza" para quien la minería no es una ciencia sino un arte.
Pero el pasaje, para mi gusto, más extraordinario de la de por sí extraordinaria novela de Fitzgerald nada tiene que ver con la geología. Fritz y un amigo suyo, Dietmahler, estudiante de medicina, son testigos de un duelo entre dos compañeros. Uno de los duelistas cae al suelo con una mano ensangrentada:
   -No, solo han sido dos dedos -dijo Dietmahler, echándose rápidamente al suelo, donde ya comenzaban a crecer la primeras hierbas. Recogió los dedos, rojos y húmedos como si los hubieran despellejado: uno de ellos era solo la articulación superior; el otro tenía un anillo de oro.
   -Métetelos en la boca -dijo Dietmahler- . Si se mantienen calientes, tal vez pueda volver a coserlos cuando regresemos.
   Fritz probablemente no olvidaría jamás la sensación de aquel dedo y medio con el anillo, suaves y duros al mismo tiempo, dentro de su boca. 
   "Toda la naturaleza es una misma cosa", dijo para sí.   


Comentarios

Entradas populares

Un poema de Raine

    DE MUJER A AMANTE Soy fuego encalmado en agua, una ola que se eleva del abismo. En mis venas la marea atraída por la luna se alza en un árbol de flores esparcidas en espuma de mar.  Soy aire atrapado en una red, el pájaro profético que canta en un cielo reflejado. Soy un sueño antes de la nada, soy una corona de estrellas, soy la forma de morir.   (Kathleen Raine,  Collected Poems 1935-1980 , Allen & Unwin, 1981. Traducción: J.O.)  (Nota: Este blog, como viene siendo habitual en verano, se toma un descanso de aproximadamente un mes. Que pasen un buen y saludable verano.)  

Un milagro de san Salvador de Horta

"Dos casados vizcaínos traxeron desde aquel reino a Horta una hija, que era sorda y muda de nacimiento; y poniéndola a los pies del venerable Fray Salvador, les dixo que estuviesen ocho días en la Iglesia orando a Nuestra Señora, y que después hablaría la muchacha. Pasados quatro días habló, pero en lengua catalana, conformándose con el idioma del territorio en que estaba. Entonces viendo hablar a la muda gritaron todos: Milagro , milagro . Pero sus padres como no entendían aquella lengua estaban descontentos, y levantando la voz decían que ellos no querían, ni pedían, que hablase su hija lengua catalana, sino vizcaína; y fueron a Fray Salvador, que le quitase la lengua catalana y le diese la vizcaína. Él les respondió: Vosotros proseguid la oración de los ocho días, que yo también continuaré la mía . Y cumplidos los ocho días, delante de los muchos que concurrieron a ver la novedad, dixo: Amigo, la Virgen Santísima quiere que la niña hable catalán mientras esté en el reino de Cat

Como un río de corriente oscura y crecida

  Era un panorama extraño. En Barcelona, la habitual multitud nocturna paseaba Rambla abajo entre controles de policía regularmente repartidos, y la habitual bomba que explotaba en algún edificio inacabado (a causa de la huelga de los obreros de la construcción) parecía arrojar desde las calles laterales perqueñas riadas de gente nerviosa a la Rambla. Los carteristas, apaches, sospechosos vendedores ambulantes y relucientes mujeres que normalmente pueden verse en las callejuelas se infiltraban entre las buenas familias burguesas, las brigadas de obreros de rostro endurecido, las tropillas de estudiantes y jóvenes que deambulaban por la ciudad. La multitud se desparramaba lentamente por la Rambla, como un río de corriente oscura y crecida. Apareció un ejército de detectives, de bolsillos abultados, apostados en cada café, vagueando por la Rambla y enganchando, de un modo vengativamente suspicaz, a algunos transeúntes elegidos por alguna singular razón, hasta el punto de que incluso esta