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Billetes volando

  
  
     El hombre vigiló, con suma atención, el movimiento de la diestra de ella. Las luces de los coches proporcionaban una iluminación de aquelarre a la escena.
     -El sobre -sonrió ella, alargando la mano.
     El lo tomó.
     -Puedes contar el dinero.
     Devolvió la diestra con mucha naturalidad a la gabardina en la que envolvía su cuerpo bien formado. El hombre no dejó de vigilarla, mientras contaba los billetes. De pronto, la gabardina se puso a escupir plomo.
     Tres disparos rompieron el silencio de la noche, brotando del bolsillo derecho de la prenda con la que se cubría ella. El hombre gritó cuando sintió las balas morder sus carnes, lanzó al aire el sobre y los billetes, y él trastabilleó durante unos segundos para luego derrumbarse, muerto. Algunos billetes de mil fueron más lentos que él, y continuaron volando, sobre su cuerpo.

(Albert Rosbund, Te quiero... muerta, Editorial Bruguera, Colección Punto Rojo, 1979)

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