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Una chica de saloon



   Sin detenerse a pensar en nada, Forrest se puso en pie tomando a la chica por un brazo, al tiempo que le decía al repugnante rijoso:
   -La señorita no está a gusto en compañía de un degenerado como tú.
   El fulano, que no acababa de creerse lo que estaba oyendo, parpadeó atónito.
   -¡Pe-pero...! ¡Si serás hijo de la grandísima zorra! ¿Es que quieres que te mate, cabrón de mierda?
   Sean comprendió que nunca se podría poner de acuerdo con un tarado mental incapaz de dialogar, razón por la cual, sin pensárselo dos veces, le clavó, violenta, duramente, la rodilla derecha en mitad de los genitales.
   -¡Aaaaaaaag! -rugió, encogiéndose al punto con infinita expresión de dolor.
   -Así se calmarán tus ansias lúbricas, marrano -le explicó con burlona sonrisa. Y dirigiéndose a la mujer que también le miraba asombrada, dijo-: Ven, princesa... El destino acaba de ser terriblemente generoso contigo presentándote al hombre de tu vida.

(Frank Caudett, "El Gutiérrez" City, Editorial Astri, Colección Diligencia, 1986) 

Comentarios

  1. jeje, desgarrador! qué buena historia. Así se ama ¡sí, señor!.

    Un beso

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  2. Amores que matan...o te dejan muerto.
    Saludos.

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).