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Rayos mortíferos



La nave descendía ahora suavemente debajo de ellos, los dos amigos no veían más que grandes amontonamientos de rocas, sin la menor vegetación ni el más leve vestigio de agua. Si Júpiter había tenido vida propia, debió ser bastante millares de siglos. Lo cierto era que en la actualidad no quedaba de aquella vida el más leve rastro.
(...)
La nave acababa de tocar suelo. Marcel se soltó de donde estaba asido y se dejó caer entre las rocas, procurando que el golpe contra el suelo no fuese demasiado violento. A pesar de todo, tuvo que soportar un fuerte choque, que le dejó un par de segundos inmóvil sobre la superficie.
(...)
Casi al mismo tiempo un fuerte resplandor les dejó cegados por unos instantes. Era el "rayo de la muerte", lanzado a gran potencia, que estaba volatilizando la nave que acababan de abandonar.
-¿Qué te parece? ¿He tenido vista, Davis?
-¡Excelente, muchacho! ¡Caramba! ¡Dónde estaríamos si no hubiésemos evacuado a tiempo!
-Esos "rayos de la muerte" son terriblemente destructores, pero tienen la ventaja sobre las bombas atómicas que se puede estar al lado y no pasa nada si no se es alcanzado directamente por el fuego. Esto permite que los objetivos se puedan precisar mucho más, sin destruir lo que no interese.
-¡Buen momento para conferencias científicas! -gruñó Davis.

(Roy Silverton, Enemigo invisible, Ediciones Toray, Colección Espacio, 1960)

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                                        x 7 = 999.999 (seis veces la cifra nueve).

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