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Blusas explosivas


     Burt arrojó el resto del cigarrillo al agua y se apresuró a bajar del barco, para ayudar a las chicas a llevar sus cosas.
     Las dos vestían pantalones y blusas muy livianas, y calzaban cómodas zapatillas de deporte.
     Sylvia Norton llevaba su blusa anudada bajo los senos, no demasiado abultados, pero firmes y armoniosos. De este modo, dejaba al descubierto la morena piel de su estómago.
     Y un ombliguito que era una preciosidad.
     Como toda ella, qué demonio.
     Tambien Arlene Garrison estaba terriblemente tentadora, porque los pantalones la ceñían como la vaina a la espada, señalando atrevidamente sus rebosantes caderas. Y la blusita, muy ajustada también, marcaba descaradamente sus pechos, altos, plenos, erguidos.
     Si a la rubia Arlene le daba por respirar hondo, los botones de la tensada blusa saltarían por los aires y pasaría algo gordo, porque saltaba a la vista que bajo la ligera tela no llevaba nada.

(Joseph Berna, La diana de la muerte. Ediciones B, Colección Punto Rojo, 1994)
  

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FINAL

Cuando el amor solo sea
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Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

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OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

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     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).