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Una guía de diarios


José Luis Melero, escritor y bibliófilo zaragozano, ha escrito un libro útil e interesante: Manual de uso del lector de diarios (2013), publicado por Olifante en una cuidada y manejable edición. El libro es una selección "caprichosa", según el autor, pero la realidad es que en él se encierran referencias bibliográficas de la inmensa mayoría de los diarios o dietarios publicados en España (pero no únicamente), desde los más conocidos a otros prácticamente desconocidos o inencontrables. Melero no se limita a presentar una mera ficha bibliográfica, sino que suele dar su parecer, en acertados, y a menudo irónicos, comentarios.
Así, por ejemplo, al hablar de los Diarios íntimos de Agustín de Foxá:

Foxá es sin duda un gran escritor, pero era también un cínico redomado. En la primera anotación de su diario, en septiembre de 1936, con España ardiendo por los cuatro costados y medio muerta de hambre, Foxá escribe lo siguiente: "París. Chez Prunier. Unas ostras, Un chablis frappé y fresas a la crema. Mariscos de aquárium. Langostas rojas y un marinero de barro en la escalera. En el Casino una mujer se desnuda en el trapecio.

O este otro sobre el Diario de una escritora de Virginia Woolf:

Antonio Muñoz Molina escribió: "No conozco otro testimonio mejor sobre la felicidad y la incertidumbre de escribir. No hay confesión de un escritor en la que haya tanta verdad como en este diario de Virginia Woolf". Exageraba.

En otras ocasiones sus palabras incitan a leer la obra referenciada, como en el caso de El diario de  Géza Csath:

Csath, siquiatra, escritor y morfinómano, se suicidó en 1919, a los 32 años, tras asesinar a su esposa disparándole tres tiros con una pistola, en presencia de su hija, y escaparse del sanatorio en el que había sido recluido. Es un diario desolador, en el que confiesa que obligaba a algunas de sus pacientes a manetener con él relaciones sexuales y en el que llega a escribir que lleva una vida "enormemente asquerosa, despreciable. Soy tan detestable, débil y patético que hasta me extraña que Olga siga queriéndome y no me engañe. Que no se haya hartado definitivamente de mi voz débil, apagada..., de mi pene cínico y arrugado, de mi cara demacrada, de mi habla sin genio, de mi vida impotente, sin trabajo, de mi existencia sospechosa, de la impudicia con que me retiro largos ratos en el váter varias veces al día, de mi ignorancia. Creo que además apesto porque tengo el olfato deteriorado y no percibo el olor de mi culo sucio, de mi boca pestilente.

      

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