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Música y guillotina


Afortunadamente hacía algún tiempo que iba a casa de mi abuelo un mecánico alemán llamado Schmidt, a quien había hablado algunas veces del apuro en que se hallaban el doctor Guillotin y él. Aquel mecánico, constructor entonces de clavicordios, era muy hábil en mecánica, y sumamente apasionado de la música, como casi todos los de su país. Habiendo conocido a mi abuelo por haberle vendido algunos instrumentos, acabó por frecuentar su casa, ya para afinar el clavicordio o para proveerle de todo lo necesario para el manejo de otros instrumentos. La afición a la música acabó de unirle a Carlos Henrique Sanson que tocaba tan bien el violín como el violoncelo, no tardando en ponerle en un acuerdo completo el repertorio de Gluck.
Así fue que Schmidt iba muchas veces a lucirse en el clavicordio, mientras que Carlos Enrique Sanson hacía gemir su violín y suspirar su violoncelo. Ahora bien, una noche entre un aria de Orfeo y un dúo de Ifigenia, se cambió de instrumentos, si me es permitido hacer este horrible juego de palabras, encontrando mi abuelo aquel cuya forma buscaba con tanta perplejidad.
   - Aguardad, que creo haber dado con vuestro negocio, interrumpió Schmidt, y tomando un lápiz trazó rápidamente un dibujo de algunos trazos:
                                                       ¡ERA LA GUILLOTINA!

(Henri Sanson, Siete generaciones de verdugos 1688-1847. Traducción de José Lesen y Moreno. Biblioteca de La Correspondencia de España, Madrid, 1864)
  




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