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Caxoncitos de Anita


Desconozco quién se esconde tras el Bachiller***, pero su obra intitulada Los caxoncitos de la almohadilla de Anita, o sea el libro del tocador, publicado en Madrid por la Imprenta Real en 1804, contiene en su pequeño formato el inconfundible perfume del siglo XVIII. Se trata de un librito misceláneo, "dedicado a las señoritas de mi edad", con historias de variada procedencia, unas originales y otras traducciones o adaptaciones de otros autores (que no se mencionan, como es habitual en la época).
En la introducción señala el autor que encontró los escritos en unos cajoncitos que había en una almohadilla perteneciente a una dama llamada Anita, "que por su tamaño parecía un baul catalán". Los cajoncitos no solo estaban llenos de hilos y agujas, sino también de papeles. En uno de ellos había "una ensalada literaria de anécdotas extravagantes, y fragmentos de la literatura china, cosa jamás vista en el mundo literario, y que el diablo no hubiera inventado otra semejante".
Una de estos "fragmentos" chinos dice así:
"Tsong-su-y era el hombre más frugal y sencillo, pues llevó diez años un mismo vestido negro, y conservó el mismo calzado. Quando fue elevado a la dignidad de Gobernador de Tcheon, sus hijos se juntaron para decirle: Padre, sabemos vuestro desinterés, y así no esperamos ningún producto de vuestro nuevo cargo: solo sí os diremos que ya teneis mucha edad; que la madera de Tchou es excelente, y que no dexeis de pensar en lo sucesivo (con esto le convidaban a que previniese aquella madera para sus funerales, en cuyo punto son los Chinos muy exactos). El padre, sin responderles nada, marchó a su destino; y habiéndole servido algunos años, quando volvió a su casa, le salieron a recibir los hijos, diciéndole si había tomado consejo; pero él les respondió sonriéndose: me han dicho que el Ciprés vale tanto como el Chan (especie de madera de aquel territorio). Según eso, dixo uno, ¿habeis hecho prevención de madera de Ciprés? Sí, hijo mío, respondió el buen anciano: aquí os traygo las semillas de este árbol: sembradle, si gustais". 
   

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).