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Espejos

El arte es nuestra salvación (al menos el más hábil falsificador de eternidades), como lo fue para Wang-Fô en la inolvidable historia de Marguerite Yourcenar. La luz de unos modestos pinceles había mentido al Hijo del Cielo la belleza del mundo. Pero el emperador descubrió muy pronto que tras la adormecedora veladura de aquellos lienzos el mundo se agitaba de dolor. Más allá del aire eternamente perfumado la realidad olía a miseria corrupta. Condenado por falsificación, Wang-Fô tuvo tiempo de fingir sobre un rollo de seda una vasta capa de agua y una frágil embarcación. Tenía en sus manos la llave de la celda. Se retrató con su discípulo Ling en la barca salvadora y desapareció para siempre en aquel mar de jade azul que acababa de inventar.
A veces ni siquiera nuestro propio reflejo es capaz de decirnos lo que somos. Jean-Claude Carrière cuenta en El círculo de los mentirosos la historia de un campesino que marchó a la ciudad para vender su arroz y le trajo a su mujer un espejo. Sorprendida, se miró en él y se echó a llorar alarmando a su madre. "Mi marido ha venido con otra", le dijo entre sollozos mientras dejaba a su alcance la prueba. Al verse en el espejo, la madre intentó tranquilizarla: "No tienes de qué preocuparte, es muy vieja".

(Javier Almuzara, Catálogo de asombros, Impronta, Gijón, 2012)

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Entradas populares

Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).