Ir al contenido principal

Espejos

El arte es nuestra salvación (al menos el más hábil falsificador de eternidades), como lo fue para Wang-Fô en la inolvidable historia de Marguerite Yourcenar. La luz de unos modestos pinceles había mentido al Hijo del Cielo la belleza del mundo. Pero el emperador descubrió muy pronto que tras la adormecedora veladura de aquellos lienzos el mundo se agitaba de dolor. Más allá del aire eternamente perfumado la realidad olía a miseria corrupta. Condenado por falsificación, Wang-Fô tuvo tiempo de fingir sobre un rollo de seda una vasta capa de agua y una frágil embarcación. Tenía en sus manos la llave de la celda. Se retrató con su discípulo Ling en la barca salvadora y desapareció para siempre en aquel mar de jade azul que acababa de inventar.
A veces ni siquiera nuestro propio reflejo es capaz de decirnos lo que somos. Jean-Claude Carrière cuenta en El círculo de los mentirosos la historia de un campesino que marchó a la ciudad para vender su arroz y le trajo a su mujer un espejo. Sorprendida, se miró en él y se echó a llorar alarmando a su madre. "Mi marido ha venido con otra", le dijo entre sollozos mientras dejaba a su alcance la prueba. Al verse en el espejo, la madre intentó tranquilizarla: "No tienes de qué preocuparte, es muy vieja".

(Javier Almuzara, Catálogo de asombros, Impronta, Gijón, 2012)

Comentarios

Entradas populares

Un milagro de san Salvador de Horta

"Dos casados vizcaínos traxeron desde aquel reino a Horta una hija, que era sorda y muda de nacimiento; y poniéndola a los pies del venerable Fray Salvador, les dixo que estuviesen ocho días en la Iglesia orando a Nuestra Señora, y que después hablaría la muchacha. Pasados quatro días habló, pero en lengua catalana, conformándose con el idioma del territorio en que estaba. Entonces viendo hablar a la muda gritaron todos: Milagro, milagro. Pero sus padres como no entendían aquella lengua estaban descontentos, y levantando la voz decían que ellos no querían, ni pedían, que hablase su hija lengua catalana, sino vizcaína; y fueron a Fray Salvador, que le quitase la lengua catalana y le diese la vizcaína. Él les respondió: Vosotros proseguid la oración de los ocho días, que yo también continuaré la mía. Y cumplidos los ocho días, delante de los muchos que concurrieron a ver la novedad, dixo: Amigo, la Virgen Santísima quiere que la niña hable catalán mientras esté en el reino de Catal…

Un poema de Muntañola

La noche es un árbol turbio que se enrreda en el árbol, es antracita antigua quemando la luz, es la piel más arcana del aire. El árbol lo sabe. Él bebe la noche.

(Esther Muntañola, Árbol. Ediciones Tigre de Papel, 2018).

De Anaïs Nin a Nicolás Guillén, con un interludio musical.

En los diarios tempranos de Anaïs Nin, escritos en los años veinte, el apellido Madriguera aparece en varias ocasiones. Paquita y Enric Madriguera eran dos hermanos catalanes, músicos precoces y amigos del compositor hispanocubano Joaquín Nin Castellanos, padre de Anaïs y de Joaquín Nin-Culmell, compositor como su padre. Ambos se alojaron en varias ocasiones en casa de Anaïs. Paquita fue una reconocida pianista, que más tarde se casaría con el guitarrista Andrés Segovia. Enric era violinista y tras empezar una prometedora carrera como intérprete clásico, al llegar Estados Unidos se pasó a la música moderna con gran éxito. Al frente de su banda se hizo famoso como compositor de canciones y bailables de ritmos latinoamericanos, compitiendo en este ámbito con su compatriota Xavier Cugat. El figuerense había empezado su carrera profesional en La Habana, donde se había criado y formado también como violinista.
Una de las canciones más recordadas de Enric Madriguera es "Adiós", co…