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Elogio de Meléndez Valdés

 William Henry Hudson (1841-1922)

Meléndez, que era un trovador del siglo XVIII, ha sido tal vez el último de una larga lista de poetas que han cantado como nadie la purísima delicia de la vida en contacto directo con la naturaleza. Una parte de ese encanto se debe indudablemente a la belleza del idioma en que escribieron y a la libre y airosa gracia de los asonantes. ¡Qué sonido duro y artificial tiene a menudo el consonante, con su retintín a intervalos regulares, como el batir del martillo del herrero sobre un metal! En los géneros más libres de la poesía española hay innumerables versos que nos hacen considerar a los más dulces e inspirados de nuestros trovadores y a sus poesías, desde Herrick a Swinburne, duros y mecánicos en comparación con aquéllos. Pero hay algo más. En primer lugar, dudo mucho de que se justifique nuestro alarde tan frecuente de que el sentimiento hacia la naturaleza es más profundo en nuestros poetas que en los de otras naciones. Es posible que el exigente crítico científico no llegue a encontrar un solo error en la botánica y en la zoología de Tennyson, pero el amor a la naturaleza y ese sentimiento de sentirse identificado con ella pueden existir siempre sin aquella moderna y minuciosa exactitud. Sea como sea, no sería por cierto a Tennyson ni a ningún otro de nuestros poetas a quien llevaría yo a mi soñada cabaña solitaria para que me hiciese compañía espiritual.

(W. H. Hudson, Pájaros de la ciudad y la aldea, Santiago Rueda, Buenos Aires, 1946. Trad. de Federico López Cruz)

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