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La membrana de David Copperfield

Ilustración de "Phiz" para David Copperfield.

En estos momentos se pueden encontrar en las librerías por lo menos tres ediciones recientes de David Copperfield: las de Alianza, Espasa-Calpe (colección Austral) y Alba; si bien en rigor las dos últimas habría que considerarlas reediciones o reimpresiones. El caso es que, como viene siendo mi costumbre desde la primera vez que leí la novela de Dickens, he ido al principio del primer capítulo para ver cómo traducían el término caul, con el que nace envuelto Copperfield.
EnlaceLa versión de Carmen Abreu de la Peña para Espasa-Calpe se remonta a 1924, mientras que la de Matilde Salís para Alba es de 2003. La primera traduce dicho término simplemente por "membrana". Lo mismo hace Miguel Ángel Pérez Pérez en su traducción para Alianza. Por su parte Salís prefiere algo más de detalle y se decanta por "membrana amniótica".
El caso es que ninguna de ellas se complica la vida al inclinarse por lo más obvio y entendible, lejos del término coloquial "barquilla" que usó Juan G. de Luaces para su traducción de 1943, o la tela saginera que empleó Josep Carner para su traducción catalana. Aunque sigo pensando que el equivalente más apropiado, en castellano es el de "zurrón", del que precisamente hay un ejemplo en un texto del siglo XVIII al que dedicamos hace poco una entrada.

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).