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Saber la verdad

Richard Yates (1922-1992)

¿Quieres saber la verdad? La verdad es que tienes las uñas rotas y ennegrecidas porque trabajas como una obrera, y sabe Dios cómo vas a poder salir de ese taller de lentes. La verdad es que soy un solado raso de infantería, y probablemente acabarán saltándome la tapa de los sesos. La verdad es que no quiero estar sentado aquí contigo, comiendo este puñetero helado y dejándote hablar y beber mientras el tiempo se me escapa. La verdad es que quisiera aprovechar mi pase para ir a Lynchburg y visitar un casa de putas. Esa es la verdad.
Pero no lo era excactamente. Sabía que no lo era, incluso mientras aspiraba hondo para contener las palabras que tanto pugnaban por salir de sus labios. La auténtica verdad era algo mucho más complicado. Porque no podía negarse que había ido a Nueva York por su propia voluntad, e incluso con cierto sincero entusiasmo. Había ido en busca del refugio, el consuelo que le procuraban las "mentiras" de su madre: su optimismo infundado, su creencia insistente en que una providencia especial brillaría siempre sobre la valiente Alice Prentice y su hijito Bobby, su convicción, contra viento y marea, de que, de alguna manera, los dos eran excepcionales e importantes, y que jamás morirían.

(Una providencia especial, de Richard Yates. Traducción de Jordi Fibla. RBA , Barcelona, 2011)

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Un poema de Pizarnik

OJOS PRIMITIVOS

     En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no forma figuras de terror y de gloria.

     Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.

     Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.

     Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras que se aloja en mi respiración.

     Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta (y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.

(Alejandra Pizarnik, Nombres y figuras, Picazo, Barcelona, 1969).

Nadie acaba como empieza

Harold J. Stone: Recuerda que las personas cambian.
Don Murray: ¿Por qué?
Harold J. Stone: Los hombres, las mujeres, los juegos de cartas, los amigos en quien confías... Todos. Nadie acaba como empieza.

(Duelo en el barro, 1959, de Richard Fleischer. Guion de Alfred Hayes y A. B. Guthrie).

Un poema de Iglesias Díez

FINAL

Cuando el amor solo sea
un haz de quebradas luces,
entre tus dedos seguiré siendo
ceniza de Luna.

(Carlos Iglesias Díez, Pájaro herido. Bajamar Editores, 2018).